Los viejos, los adultos, fuimos
entrenados en tiempos en donde había que desarrollar habilidades sociales
porque no había más alternativa. Había que aprender a comprar, a llamar por
teléfono, a hacer trámites, participar en clases, hacer trabajos de grupo en
reuniones presenciales y miles de interacciones sociales mínimas y máximas que
nos entrenaron a vivir, más o menos, en sociedad.
Los viejos y adultos solos, tienen
el background y entonces es menos complicado empujar y acompañar a tomar
la decisión de buscar grupos de su interés y poner al día esos aprendizajes
guardados en algún lado de la historia personal y las vías neuronales respectivas,
si la soledad es un problema que quieren resolver. Ni hablar de los adultos
mayores, hay una amplia oferta de actividades pagadas y gratuitas, en las que
lo que más importa es la decisión y compromiso de llevar una vida social
activa. Por supuesto, quienes más participan son las mujeres en actividades
como: baile, manualidades, obras prosociales, clubes de lecturas, arte y otros,
aunque ninguna de esas alternativas impida la participación de hombres. Serán
sesgos culturales que se quedan pegoteados en el cerebro. Supongo.
Los jóvenes, en especial los más
retraídos, tienen la pista bastante más difícil. Sus círculos sociales están
conformados, casi en exclusiva, por personas conocidas en la infancia, máximo en
la adolescencia escolar o universitaria, estos últimos si es que han tenido la
oportunidad de generar vínculos más profundos que solo la circunstancia de
haber coincidido en trabajos y grupos de WhatsApp colaborativos y utilitarios.
Los cursos on line, el
trabajo telemático; una cultura que eleva el narcisismo y el individualismo casi
al nivel de religión, combinado con una severa dificultad para sobrellevar la
incertidumbre, tolerar la frustración y lidiar con el riesgo de dolor que cada
vínculo profundo conlleva en sí mismo son barreras difíciles de flanquear. Se aprecia,
además, temor y desconfianza frente a los desconocidos que casi roza la paranoia,
como si cualquier intento de acercamiento fuera sinónimo de daño en forma de utilización,
acoso de cualquier tipo o estafa económica. Y justo en la época en la que más
se ha hablado sobre los prejuicios y la discriminación, son casi un elemento
omnipresente en una serie de instancias: no voy a bailar porque todos los que
van solo quieren tirar, no puedo ir a un club de lectura porque leen pura
basura, soy malo/a para los deportes y los que van son todos winner, no
me gusta juntarme a hablar tonterías o peor aún, “no se me ocurre qué decir”.
Los estereotipos y caricaturas de las redes sociales han hecho bien su trabajo.
Encima hay un chat de IA disponible en todo instante para simular un diálogo
amistoso y reconfortante que hace sentir a quienes alimentan ese intercambio
comunicacional que al fin algo (no alguien) los entiende sin criticar ni
confrontar con las propias dificultades y menos plantear desafíos para salir
del eterno círculo de fantasía, temor y encierro.
Tampoco ayuda el mar de diagnósticos
y explicaciones esotéricas a la mano, y a la carta, que pululan por todas
partes. “No puedo porque soy esto o lo otro” o “porque el universo está en mi
contra y he recibido muchas señales desfavorables”. No parece fácil luchar contra el universo si uno no tiene habilidades de superhéroe. Siempre será más fácil
hacer lo que se sabe hacer y si la mayor habilidad es recorrer pantallas, la oportunidad
de conocer personas y no solo perfiles, se vuelve cada vez más compleja y
abrumadora.
Por supuesto que es necesario desarrollar
políticas públicas, esfuerzos familiares y de las instituciones educacionales,
inclusive estrategias laborales que incentiven a los jóvenes a encontrarse, a
conversar y así facilitar la disminución de los prejuicios y propiciar vínculos
que aumentarán el rango de emociones, las deseadas y las otras, las que, al fin
y al cabo, constituyen una vida de experiencias y no solo de estimulación
virtual.
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