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Solos

 

Foto de Bahadir Caya pexels.com


Los viejos, los adultos, fuimos entrenados en tiempos en donde había que desarrollar habilidades sociales porque no había más alternativa. Había que aprender a comprar, a llamar por teléfono, a hacer trámites, participar en clases, hacer trabajos de grupo en reuniones presenciales y miles de interacciones sociales mínimas y máximas que nos entrenaron a vivir, más o menos, en sociedad.

Los viejos y adultos solos, tienen el background y entonces es menos complicado empujar y acompañar a tomar la decisión de buscar grupos de su interés y poner al día esos aprendizajes guardados en algún lado de la historia personal y las vías neuronales respectivas, si la soledad es un problema que quieren resolver. Ni hablar de los adultos mayores, hay una amplia oferta de actividades pagadas y gratuitas, en las que lo que más importa es la decisión y compromiso de llevar una vida social activa. Por supuesto, quienes más participan son las mujeres en actividades como: baile, manualidades, obras prosociales, clubes de lecturas, arte y otros, aunque ninguna de esas alternativas impida la participación de hombres. Serán sesgos culturales que se quedan pegoteados en el cerebro. Supongo.

Los jóvenes, en especial los más retraídos, tienen la pista bastante más difícil. Sus círculos sociales están conformados, casi en exclusiva, por personas conocidas en la infancia, máximo en la adolescencia escolar o universitaria, estos últimos si es que han tenido la oportunidad de generar vínculos más profundos que solo la circunstancia de haber coincidido en trabajos y grupos de WhatsApp colaborativos y utilitarios.

Los cursos on line, el trabajo telemático; una cultura que eleva el narcisismo y el individualismo casi al nivel de religión, combinado con una severa dificultad para sobrellevar la incertidumbre, tolerar la frustración y lidiar con el riesgo de dolor que cada vínculo profundo conlleva en sí mismo son barreras difíciles de flanquear. Se aprecia, además, temor y desconfianza frente a los desconocidos que casi roza la paranoia, como si cualquier intento de acercamiento fuera sinónimo de daño en forma de utilización, acoso de cualquier tipo o estafa económica. Y justo en la época en la que más se ha hablado sobre los prejuicios y la discriminación, son casi un elemento omnipresente en una serie de instancias: no voy a bailar porque todos los que van solo quieren tirar, no puedo ir a un club de lectura porque leen pura basura, soy malo/a para los deportes y los que van son todos winner, no me gusta juntarme a hablar tonterías o peor aún, “no se me ocurre qué decir”. Los estereotipos y caricaturas de las redes sociales han hecho bien su trabajo. Encima hay un chat de IA disponible en todo instante para simular un diálogo amistoso y reconfortante que hace sentir a quienes alimentan ese intercambio comunicacional que al fin algo (no alguien) los entiende sin criticar ni confrontar con las propias dificultades y menos plantear desafíos para salir del eterno círculo de fantasía, temor y encierro.

Tampoco ayuda el mar de diagnósticos y explicaciones esotéricas a la mano, y a la carta, que pululan por todas partes. “No puedo porque soy esto o lo otro” o “porque el universo está en mi contra y he recibido muchas señales desfavorables”. No parece fácil luchar contra el universo si uno no tiene habilidades de superhéroe. Siempre será más fácil hacer lo que se sabe hacer y si la mayor habilidad es recorrer pantallas, la oportunidad de conocer personas y no solo perfiles, se vuelve cada vez más compleja y abrumadora.

Por supuesto que es necesario desarrollar políticas públicas, esfuerzos familiares y de las instituciones educacionales, inclusive estrategias laborales que incentiven a los jóvenes a encontrarse, a conversar y así facilitar la disminución de los prejuicios y propiciar vínculos que aumentarán el rango de emociones, las deseadas y las otras, las que, al fin y al cabo, constituyen una vida de experiencias y no solo de estimulación virtual.

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