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Y ¿Si no quiere ayuda?

 


Foto de SHVET productions pexels.com


Es muy difícil decirle a otra persona, especialmente si se trata de la pareja, un/a hijo/a, hermano/a, que sería conveniente que pasara por un proceso de psicoterapia. La expresión − hazte ver – sigue siendo una forma de descalificación en ciertas situaciones y es una muestra de los persistentes prejuicios al respecto. De hecho, tomar esa decisión en forma personal sigue siendo un desafío complejo de resolver[1], algunas de las barreras son el temor al juicio externo, la autoexigencia y, casi mandato, de querer y tener que resolver todo solo/a a riesgo de parecer débil o poco hábil; la desconfianza en la humanidad en general y, entre muchas otras, llevar un estilo de vida que incluye la adopción de síntomas como si no hubiera otra alternativa o la desesperanza de que exista alguien capaz de entender y ayudar; por lo general esa desesperanza se acompaña de resignación a llevar una vida que no considera el bienestar, la exploración o siquiera la posibilidad de rozar la felicidad.

A veces ese descreimiento es una moneda de dos caras: la omnipotencia que se ve escucha como un eterno – estoy bien, no sé por qué se preocupan, los psicólogos y psiquiatras están todos locos; tú/ustedes son los que están mal; yo me entiendo y soy feliz así, déjenme tranquilo/a y voy a estar mejor −. La otra cara es – lo mío es especial, nadie va a entender; no podría mostrar a nadie mi mundo interno, ¿tengo que pagar a alguien para que simule interés en lo que me pasa?

No ayuda tampoco la sobre psicologización del lenguaje de las redes sociales y que han pasado a ser parte de la vida cotidiana. Se han construido caricaturas de los consultantes y tratantes que no siempre cumplen la función de acercar a unos y a otros de modo que, para algunos, parece más confiable y accesible una aplicación de inteligencia artificial que un vínculo humano con todos los riesgos que eso implica.

Así las cosas, resulta difícil convencer a alguien que, metido/a en su mundo, no ve ni de cerca que la vida podría ser un poquito o bastante más disfrutable si se permitiera explorar las posibilidades de ayuda.

No se puede ayudar ni hacer salud a la fuerza, pero me atrevo a decir que el amor de un vínculo importante sí pueden hacer la diferencia, si se plantea la posibilidad de una psicoterapia desde el cariño y el deseo de ver al/la otro/a alcanzando un grado mayor de bienestar y/o adaptación personal definido por sí mismo/a. Ese último elemento es esencial, es el consultante quien define qué es lo que quiere alcanzar y no quien lo invita a aceptar ayuda, más allá de los argumentos que haya utilizado.

La coerción por lo general no resulta efectiva, salvo si se dan condiciones muy específicas y aún así, con pocas probabilidades de éxito. Esto es en casos de síntomas muy visibles como adicciones de distinto tipo, conductas muy disruptivas en diferentes contextos, tendencia a la repetición de conflictos serios en la familia y otros sistemas. En esos casos, es probable que quien deba consultar es quien más sufre por esas conductas que no es necesariamente el/la que las despliega.

Instalar, aunque sea el atisbo de la esperanza de que se puede estar mejor, es una labor delicada que se puede realizar desde el genuino interés y amor por el otro y eso implica buscar momentos de cercanía y conexión, escuchar los argumentos y, sobre todo, los temores y prejuicios que surgen ante la idea de una psicoterapia. Paciencia infinita y respeto por los tiempos personales también parecen ser esenciales en esta tarea.

Una psicoterapia es una relación, un vínculo que se construye poco a poco, en que uno, el consultante, valida al otro como el/la que ayuda y este/a, el/la terapeuta, asume la responsabilidad de ser responsable, confiable y apto/a para brindarla. Que se produzca ese vínculo es una tarea delicada que pone en juego creencias, emociones y un elemento poco asible como es ´el enganche´, ´química´ entre consultante y terapeuta. Es muy importante contar con antecedentes o recomendaciones de quien se va a escoger, pero nada va a reemplazar el encuentro entre ambas personas y la elección final dependerá del consultante por supuesto.


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