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Es muy difícil decirle a otra
persona, especialmente si se trata de la pareja, un/a hijo/a, hermano/a, que
sería conveniente que pasara por un proceso de psicoterapia. La expresión − hazte
ver – sigue siendo una forma de descalificación en ciertas situaciones y es una
muestra de los persistentes prejuicios al respecto. De hecho, tomar esa
decisión en forma personal sigue siendo un desafío complejo de resolver[1], algunas de las barreras
son el temor al juicio externo, la autoexigencia y, casi mandato, de querer y
tener que resolver todo solo/a a riesgo de parecer débil o poco hábil; la
desconfianza en la humanidad en general y, entre muchas otras, llevar un estilo
de vida que incluye la adopción de síntomas como si no hubiera otra alternativa
o la desesperanza de que exista alguien capaz de entender y ayudar; por lo
general esa desesperanza se acompaña de resignación a llevar una vida que no
considera el bienestar, la exploración o siquiera la posibilidad de rozar la
felicidad.
A veces ese descreimiento es una moneda
de dos caras: la omnipotencia que se ve escucha como un eterno – estoy bien, no
sé por qué se preocupan, los psicólogos y psiquiatras están todos locos; tú/ustedes
son los que están mal; yo me entiendo y soy feliz así, déjenme tranquilo/a y
voy a estar mejor −. La otra cara es – lo mío es especial, nadie va a entender;
no podría mostrar a nadie mi mundo interno, ¿tengo que pagar a alguien para que
simule interés en lo que me pasa?
No ayuda tampoco la sobre
psicologización del lenguaje de las redes sociales y que han pasado a ser parte
de la vida cotidiana. Se han construido caricaturas de los consultantes y
tratantes que no siempre cumplen la función de acercar a unos y a otros de modo
que, para algunos, parece más confiable y accesible una aplicación de
inteligencia artificial que un vínculo humano con todos los riesgos que eso implica.
Así las cosas, resulta difícil convencer
a alguien que, metido/a en su mundo, no ve ni de cerca que la vida podría ser
un poquito o bastante más disfrutable si se permitiera explorar las
posibilidades de ayuda.
No se puede ayudar ni hacer salud a
la fuerza, pero me atrevo a decir que el amor de un vínculo importante sí
pueden hacer la diferencia, si se plantea la posibilidad de una psicoterapia
desde el cariño y el deseo de ver al/la otro/a alcanzando un grado mayor de
bienestar y/o adaptación personal definido por sí mismo/a. Ese último elemento
es esencial, es el consultante quien define qué es lo que quiere alcanzar y no quien
lo invita a aceptar ayuda, más allá de los argumentos que haya utilizado.
La coerción por lo general no
resulta efectiva, salvo si se dan condiciones muy específicas y aún así, con
pocas probabilidades de éxito. Esto es en casos de síntomas muy visibles como
adicciones de distinto tipo, conductas muy disruptivas en diferentes contextos,
tendencia a la repetición de conflictos serios en la familia y otros sistemas. En
esos casos, es probable que quien deba consultar es quien más sufre por esas
conductas que no es necesariamente el/la que las despliega.
Instalar, aunque sea el atisbo de
la esperanza de que se puede estar mejor, es una labor delicada que se puede
realizar desde el genuino interés y amor por el otro y eso implica buscar
momentos de cercanía y conexión, escuchar los argumentos y, sobre todo, los
temores y prejuicios que surgen ante la idea de una psicoterapia. Paciencia
infinita y respeto por los tiempos personales también parecen ser esenciales en
esta tarea.
Una psicoterapia es una relación,
un vínculo que se construye poco a poco, en que uno, el consultante, valida al
otro como el/la que ayuda y este/a, el/la terapeuta, asume la responsabilidad
de ser responsable, confiable y apto/a para brindarla. Que se produzca ese
vínculo es una tarea delicada que pone en juego creencias, emociones y un
elemento poco asible como es ´el enganche´, ´química´ entre consultante y terapeuta.
Es muy importante contar con antecedentes o recomendaciones de quien se va a
escoger, pero nada va a reemplazar el encuentro entre ambas personas y la
elección final dependerá del consultante por supuesto.
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