Había
dejado abandonado este espacio por varios motivos, volví porque algunas
reflexiones que dejé escritas ya no me representan y otras están sometidas a
constante revisión por lo que requieren una actualización, update,
dirían los más jóvenes.
Están
también las ideas que he ido reforzando con la práctica clínica, lecturas y
experiencias personales; con toda probabilidad hay dos que creo son
fundamentales: la relación terapéutica es eso, una relación, un vínculo, que se
pone al servicio del consultante y por lo tanto se espera que sea una relación
reparadora para quien deposita su confianza y recursos en un profesional. Si
bien esta relación está centrada en la historia y el bienestar que busca el
consultante, una como terapeuta, también se ve afectada y modificada por ese
vínculo. Una aprende, se cuestiona, piensa con quien consulta y busca más
recursos, verbales o de otro tipo para nutrir mejor esa relación. La
construcción de una relación requiere frecuencia, tiempo, dedicación y esfuerzo.
Cuando se trata de una relación de cuidado del otro, la responsabilidad aumenta
y por lo tanto la necesidad de seguir formándose e informándose también. La
segunda idea que es inseparable de un vínculo terapéutico es que incluye los
afectos y hacerse cargo de ellos con la propia historia y manera de
enfrentarlos es además de necesario, una herramienta de crecimiento mutuo. Es
duro y dulce e inevitable al mismo tiempo. Y con todo lo cursi que suena o se
lee, el amor es el que sana.
Una
idea más peregrina, aún no suficientemente desarrollada, es que la inundación
de lenguaje psicológico y psiquiátrico en las redes sociales, si bien, en algún
ángulo ha servido para sensibilizar respecto de la salud mental, también ha
resultado en confusión y profusión de deberes ser, como si ya no hubiera suficientes,
y multiplicación de etiquetas autoadministradas a veces como una búsqueda de
identidad y propósito y otras como explicación y justificación de la propia
conducta y dificultades – no soy yo, es mi patología – con las más o menos
obvias consecuencias en la imagen de sí mismo/a y las relaciones de la vida
fuera de las pantallas. Hay palabras y conceptos que se comienzan a usar como
una jerga que, en especial los más jóvenes, dan por sentado que significan lo
mismo para todos y que se supone representan un marco teórico robusto. Esto
daría para mucho, pero es evidente que implica otro desafío a enfrentar con los
consultantes y al mismo tiempo con una misma al confrontar las propias
creencias y convicciones. Las palabras son importantes y los fundamentos tras
ellas también, los ajenos y los propios.
La
búsqueda de pertenencia en un contexto hiperconectado y al mismo tiempo
fortalecedor del aislamiento y el individualismo ha posibilitado el surgimiento
de toda clase de grupos con un nombre particular, pero sin que necesariamente
exista interacción fuera de las pantallas y al mismo tiempo un déficit de
repertorios de conductas prosociales no solo en los adolescentes, sino también
en adultos de diversas edades. La pandemia hizo lo suyo, es un tema omnipresente
en la consulta. A todos nos hizo algo ese período y aunque la cultura y el
contexto social no son suficientes para explicar el comportamiento, las
decisiones y los afectos en los individuos, es un tema que aparece y reaparece en
el quehacer terapéutico.
Junto
a la confusión y la desorientación, pareciera ser que, así como se multiplican
grupos y etiquetas, también resulta un campo propicio para el surgimiento de
gurús y/o personas, de todas las edades, que tienen las respuestas frente a
casi cualquier pregunta o síntoma, inclusive si nadie les está preguntando. Otro
tema para desarrollar.
Mientras
escribo esto, aparece al lado del margen el ícono de Copilot, la
herramienta de inteligencia artificial para la redacción de documentos que se
ofrece a pensar en vez de mí para que este texto sea profesional, más
interesante o entretenido para los potenciales lectores. Todavía me niego a
usarlo, por una cuestión de principios y finales, pero sería ceguera conceptual
si pensara en que no influye y va a influir más en la forma en que pensamos y cómo
nos relacionamos.
Por
último, en este texto declaro que ahora no estoy de acuerdo con que la baja
autoestima es la madre de todos los males, tal vez es un factor, otro más, que
contribuye al dolor personal, pero al mismo tiempo es otra forma de paralizarse
frente a los desafíos de cualquier índole. Me parece más bien que es un
escenario sobre el que se desenvuelven muchos hechos, personajes y sobre todo,
textos auto formateados −cuentos que nos contamos − y más que constatar algo en
apariencia invariable, sirve mucho más ponerla entre paréntesis y abordar la
vida desde otros ángulos para que, con mejores experiencias, indirectamente
mejore esa pobre imagen de sí mismo/a.
Ahora
que volví aquí, me surgen muchos más temas sobre los que creo sirve reflexionar
y dejarse recados en este espacio.
Muy buenas e interesantes tus reflexiones, las comparto plenamente. Recuerdo que algunas veces cuando trabajábamos con adolescentes, comentábamos que el hecho de que ellos podían establecer vínculos más sanos con nosotros, con
ResponderEliminarotros profesionales y personal de recepción, ya se contribuía a su bienestar y mejoría. El afecto sana efectivamente.
No había pensado tanto lo de la autoestima, estoy de acuerdo que no es madre de todos los males , hay muchas otras cosas que influyen . Igual , sin duda tener una buena autoestima ayuda bastante.
Los otros temas que planteas son interesantes, preocupantes y necesarios de considerar tanto en la relación terapéutica como en otro tipo de relaciones. Representan grandes desafíos, Por ejemplo, como encontramos y cómo sabemos que estamos en relación con el “yo verdadero” de cada persona.
Tal vez podríamos compartir , “en vivo y en directo”, algunas reflexiones en torno a estos temas
¡Así será!
ResponderEliminar