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Una cosa está clara: el amor es lo que sana

 


                                               Foto de pexels.com

Había dejado abandonado este espacio por varios motivos, volví porque algunas reflexiones que dejé escritas ya no me representan y otras están sometidas a constante revisión por lo que requieren una actualización, update, dirían los más jóvenes.

Están también las ideas que he ido reforzando con la práctica clínica, lecturas y experiencias personales; con toda probabilidad hay dos que creo son fundamentales: la relación terapéutica es eso, una relación, un vínculo, que se pone al servicio del consultante y por lo tanto se espera que sea una relación reparadora para quien deposita su confianza y recursos en un profesional. Si bien esta relación está centrada en la historia y el bienestar que busca el consultante, una como terapeuta, también se ve afectada y modificada por ese vínculo. Una aprende, se cuestiona, piensa con quien consulta y busca más recursos, verbales o de otro tipo para nutrir mejor esa relación. La construcción de una relación requiere frecuencia, tiempo, dedicación y esfuerzo. Cuando se trata de una relación de cuidado del otro, la responsabilidad aumenta y por lo tanto la necesidad de seguir formándose e informándose también. La segunda idea que es inseparable de un vínculo terapéutico es que incluye los afectos y hacerse cargo de ellos con la propia historia y manera de enfrentarlos es además de necesario, una herramienta de crecimiento mutuo. Es duro y dulce e inevitable al mismo tiempo. Y con todo lo cursi que suena o se lee, el amor es el que sana.

Una idea más peregrina, aún no suficientemente desarrollada, es que la inundación de lenguaje psicológico y psiquiátrico en las redes sociales, si bien, en algún ángulo ha servido para sensibilizar respecto de la salud mental, también ha resultado en confusión y profusión de deberes ser, como si ya no hubiera suficientes, y multiplicación de etiquetas autoadministradas a veces como una búsqueda de identidad y propósito y otras como explicación y justificación de la propia conducta y dificultades – no soy yo, es mi patología – con las más o menos obvias consecuencias en la imagen de sí mismo/a y las relaciones de la vida fuera de las pantallas. Hay palabras y conceptos que se comienzan a usar como una jerga que, en especial los más jóvenes, dan por sentado que significan lo mismo para todos y que se supone representan un marco teórico robusto. Esto daría para mucho, pero es evidente que implica otro desafío a enfrentar con los consultantes y al mismo tiempo con una misma al confrontar las propias creencias y convicciones. Las palabras son importantes y los fundamentos tras ellas también, los ajenos y los propios.

La búsqueda de pertenencia en un contexto hiperconectado y al mismo tiempo fortalecedor del aislamiento y el individualismo ha posibilitado el surgimiento de toda clase de grupos con un nombre particular, pero sin que necesariamente exista interacción fuera de las pantallas y al mismo tiempo un déficit de repertorios de conductas prosociales no solo en los adolescentes, sino también en adultos de diversas edades. La pandemia hizo lo suyo, es un tema omnipresente en la consulta. A todos nos hizo algo ese período y aunque la cultura y el contexto social no son suficientes para explicar el comportamiento, las decisiones y los afectos en los individuos, es un tema que aparece y reaparece en el quehacer terapéutico.

Junto a la confusión y la desorientación, pareciera ser que, así como se multiplican grupos y etiquetas, también resulta un campo propicio para el surgimiento de gurús y/o personas, de todas las edades, que tienen las respuestas frente a casi cualquier pregunta o síntoma, inclusive si nadie les está preguntando. Otro tema para desarrollar.

Mientras escribo esto, aparece al lado del margen el ícono de Copilot, la herramienta de inteligencia artificial para la redacción de documentos que se ofrece a pensar en vez de mí para que este texto sea profesional, más interesante o entretenido para los potenciales lectores. Todavía me niego a usarlo, por una cuestión de principios y finales, pero sería ceguera conceptual si pensara en que no influye y va a influir más en la forma en que pensamos y cómo nos relacionamos.

Por último, en este texto declaro que ahora no estoy de acuerdo con que la baja autoestima es la madre de todos los males, tal vez es un factor, otro más, que contribuye al dolor personal, pero al mismo tiempo es otra forma de paralizarse frente a los desafíos de cualquier índole. Me parece más bien que es un escenario sobre el que se desenvuelven muchos hechos, personajes y sobre todo, textos auto formateados −cuentos que nos contamos − y más que constatar algo en apariencia invariable, sirve mucho más ponerla entre paréntesis y abordar la vida desde otros ángulos para que, con mejores experiencias, indirectamente mejore esa pobre imagen de sí mismo/a.

Ahora que volví aquí, me surgen muchos más temas sobre los que creo sirve reflexionar y dejarse recados en este espacio.


Comentarios

  1. Muy buenas e interesantes tus reflexiones, las comparto plenamente. Recuerdo que algunas veces cuando trabajábamos con adolescentes, comentábamos que el hecho de que ellos podían establecer vínculos más sanos con nosotros, con
    otros profesionales y personal de recepción, ya se contribuía a su bienestar y mejoría. El afecto sana efectivamente.
    No había pensado tanto lo de la autoestima, estoy de acuerdo que no es madre de todos los males , hay muchas otras cosas que influyen . Igual , sin duda tener una buena autoestima ayuda bastante.
    Los otros temas que planteas son interesantes, preocupantes y necesarios de considerar tanto en la relación terapéutica como en otro tipo de relaciones. Representan grandes desafíos, Por ejemplo, como encontramos y cómo sabemos que estamos en relación con el “yo verdadero” de cada persona.

    Tal vez podríamos compartir , “en vivo y en directo”, algunas reflexiones en torno a estos temas

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