Uno
de los varios conceptos tomados de la física y que ha pasado a ser parte del
léxico de profesionales de las ciencias sociales y de salud es el de
resiliencia. Se puso de moda, se instaló y ahora ya es anticuado por el uso y abuso de que ha sido objeto. Tanto tiempo ha estado circulando que ya cuenta con firmes detractores. Algunos dicen
que valorar y fomentar la resiliencia es una forma más del equilibrio del sistema, modelo económico
incluido, de mantener indemnes circunstancias crueles y dañinas. Es decir, si es
una cualidad de individuos y grupos de ellos, soportar situaciones límites y
salir fortalecidos; y se los aplaude por aquello, no hay incentivos para que
esas circunstancias cambien. Para que ocurran cambios en las recurrencias del
sistema debe haber percepción de estas y sufrimiento asociado en integrantes
claves, es decir, con poder para cambiar las reglas identitarias de ese sistema,
pero si quienes sufren carecen de injerencia en la toma de decisiones, se les
pide que sean resistentes al estrés o trauma experimentado y el sistema global
continúa tal como hasta entonces. − Sálvese quien pueda, sálvese solo − parece
ser el slogan para los que quieren dejar de sufrir. Es parecido a ese requisito
de muchos avisos de empleo: capacidad de trabajar bajo presión. En
circunstancias más o menos regulares, casi todos tenemos la capacidad de
resistir tormentas y similares en el trabajo, la familia y la pareja, siempre y
cuando se trata de vivir cincunstancias ocasionales, pero si ese es el estado
permanente de un grupo, parece lógico comenzar a implementar cambios.
Más
allá de si los sistemas y personas tienen o no autoconciencia total de sus
conductas y por lo tanto de distinguir secuencias que pueden resultar en
sufrimiento; parece al menos una buena práctica revisar el bienestar o malestar
de los integrantes de ese sistema y para eso se requiere una visión global y de
contexto.
En
la práctica clínica, en las entrevistas de selección laboral y en las
conversaciones corrientes también existe una gran valoración de la resiliencia
como un valor o actitud a destacar o desarrollar si es que no se posee en el
historial de vida. Hay personas que han sobrevivido a situaciones muy duras, a
veces inhumanas y son considerados, con justa razón, como héroes por quienes
los conocen. Es así como muchos de estos héroes se transforman en activistas de
alguna causa e intentan que otros, sin pasar por la misma experiencia, conozcan
sus aprendizajes y, en lo posible, puedan aplicar esa actitud de fortaleza en problemas
que puedan resultar análogos. Es una abogacía generosa por el cambio utilizando
la experiencia personal traumática para beneficio de otros.
Se
encuentra este tipo de historias en el cine, novelas, titulares de diarios y
otros, me acuerdo en este momento de Ana Frank, Philadelphia, con Tom Hanks
como protagonista, la Lista de Schindler y muchas más de este tipo.
Tal
vez la influencia del concepto y su escenificación a través de las series y
películas, en especial las gringas, actúan de modo dramático en el deseo de ser
héroes, aunque sea en un pequeño grupo, y entonces casi todos se definen como
personas resilientes, de los que manejan bien el estrés, enfrentan toda clase
de problemas, se han hecho a sí mismos superando la pobreza, familias multi problemáticas
y un sinfín de situaciones adversas. Esas personas que refieren no dejarse
abatir ni en las peores circunstancias y mantenerse positivos frente a la
adversidad.
Todo
bien hasta que esa actitud pasa a ser un modo rígido de percibirse y de
exigirse a sí mismo frente a cualquier crisis. ¿Los héroes lo serán o habrán
sido en todas las áreas de su vida? ¿habrán tenido conciencia de sus actos de
heroísmo y magnanimidad? ¿se la pasarían haciendo alarde de las dificultades
que han pasado?
Qué
insoportables son aquellos que se ponen de ejemplo para todo ¿no?
Yo
Yo
Entonces
yo… y yo.
Los
adolescentes, pero no solo ellos, son muy sensibles a esos discursos heroicos y
se cierran por completo a seguir escuchando, en especial cuando observan
inconsistencias graves en el comportamiento general de quien está parado en el púlpito
dando lecciones de vida.
¿Dónde
queda la empatía con quienes no han podido resolver ciertas situaciones de un
modo admirable o siquiera aceptable? ¿no es valiente acaso quien reconoce sus
debilidades y puede, por lo tanto, pedir ayuda? ¿se podrá ser resiliente en
toda ocasión y circunstancia?
La
autoexigencia de la fortaleza hace más probable los mecanismos de negación de problemas,
represión de las emociones y por eso mismo, la repetición de secuencias dolorosas
en la propia vida. Al menos eso parece. Personas y sistemas desarrollan puntos
ciegos en los que no pueden actuar, rigidizando formas de reacción no
necesariamente exentas de dolor.
La
variedad de respuestas de un organismo hace más probable su adaptación, lo
mismo ocurre con los sistemas. El reconocimiento de que uno/a no se la puede
con algo es un buen comienzo para aumentar las posibilidades de resolver ese
algo.

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