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Dejar crecer o cuando los padres necesitan límites

 



Foto de Ron Lach

Para un buen grupo de personas, convertirse en padres ha sido una decisión voluntaria y consciente, otros, en alto número también, lo han sido sin tanta conciencia. En la jerga de salud a los primeros se les denomina embarazos deseados y a los segundos aceptados. Hay un tercer grupo en que el vínculo con el/la hijo/a se ha construido paso a paso y es bastante probable que, al término del embarazo, la mayoría de los hijos llegan a un hogar que los recibe con amor y esperanza. Está claro que no siempre es así, que madres y padres con historias que van desde complicadas a terribles, a veces no logran desarrollar un vínculo afectivo más o menos sano. Las consecuencias en las historias de esos hijos están estudiadas y descritas en numerosos textos.

¿Por qué o para qué se tiene hijos? Las respuestas son variadísimas y es un tema apasionante, pero ese no es el objeto de este texto. Quisiera abordar aquí las situaciones que se generan en los padres que asumen su rol como un apostolado para toda la vida y sacrifican su desarrollo y mucho más por el bienestar de sus hijos, hasta el punto de no dejarles espacio, tampoco a ellos, para ser adultos autónomos. Los cuidan tanto que les dirigen la vida hasta pasados los treinta y mucho más como en la historia de Julio Martínez[1] nuestro insigne periodista deportivo que, para no contrariar a su madre, llevó un matrimonio clandestino hasta la muerte de ella.

En varios casos me ha correspondido tratar con hombres y mujeres adultos, desde el punto de vista de la mayoría de edad legal e independencia económica, que tienen muchas dificultades para sentirse autónomos y libres para tomar sus propias decisiones y, por supuesto, hacerse cargo de las consecuencias de ellas. Los padres, desde la mejor intención que otorga el amor y la preocupación por el bienestar de los hijos, resuelven a su modo los problemas: piensan por ellos, les pagan sus deudas, les buscan novio/a, trabajo u otros de modo que no sufran o se frustren. Para nadie es indiferente el dolor de un/a hijo/a, al revés; parece ser un sentimiento más o menos planetario aquello de preferir sufrir uno en su lugar, por el motivo que sea.

Me ha correspondido trabajar más con mujeres que refieren como sentido de vida el ejercicio de su rol de madres, pero no me cabe duda de que también hay padres con esa misma línea de pensamiento. Cuando se extrema esa perspectiva queda la sensación de que relatan una suerte de abandono de sí mismos, de sacrificio y al mismo tiempo de escudo protector para no hacerse cargo de sus propias decisiones y anhelos.

A los hijos les resulta difícil expresar y describir lo que padres tan abnegados y devotos les provocan, es casi de regla que al referir el tipo de relación que tienen con sus padres comiencen por decir que tienen la mejor madre o padre, o ambos, saben que cuentan con ellos, los mejores padres del mundo, relatan lo afortunados que son y lanzan una larga cantinela acerca de las interminables virtudes de sus padres y los sacrificios que han hecho por ellos, para que, luego de varias sesiones, casi con una culpa que parece una mochila con piedras sobre sus espaldas, se atrevan a decir que se sienten, a veces, un poquito ahogados o enrabiados con tantos cuidados y preocupaciones.

No es fácil instalar límites a los padres, por lo general es un proceso árido y doloroso y parece serlo más cuando se pospone para no decepcionarlos con un camino de vida que no es el que precisamente ellos hubieran esperado que emprendiera.

¿Cuándo hay que comenzar a construir límites a los padres? ¿cuándo los padres deben comenzar a dar más espacio para el riesgo a los hijos? Es evidente que las respuestas a esas preguntan requieren considerar muchas variables. Los libros dicen que el pudor, la intimidad, la vivencia de los cambios físicos y el desarrollo de la sexualidad de modo más activo, requiere de un espacio personal desde la pubertad. Tal vez eso sea lo más evidente, pero hay otros ámbitos de intimidad, de vida interior, que requieren un balance delicado. La opinión de los padres respecto a las decisiones personales desde el modo de vestir, de utilizar el tiempo, el pensamiento político, el tipo de amigos, los amores, o la falta de ellos, pueden llevar a los hijos a ocultar hasta el extremo la información con tal de evitar discusiones y las inevitables manipulaciones de los padres perfectos.

Cualquier límite implica una cierta fricción, la definición de la barrera que marca ese hasta aquí tienes permitido opinar, hacer, participar, implica un período de cierto conflicto o de explicitación asertiva al menos, de cómo uno considera que debe vivir su propia vida, aunque no calce con la tradición familiar.

La manipulación afectiva se puede dar en todos los sentidos, la estrategia más usada es la de hacer sentir culpable al otro y presionarlo para que haga lo que no quiere hacer. Se puede disfrazar de lógica y sentido común, pero si una/o es adulto/a y quiere mantenerse en ese estado parece esencial aprender a soportar el conflicto, aceptar la rabia y manejarla inclusive con las personas a quienes una/o más quiere en la vida. Explicitar el desacuerdo es una de las habilidades que requiere ser adulto, por el contrario, la complacencia y el sacrificio resultan en una calma que domina la superficie, pero cultiva volcanes de frustración y genera jaulas imaginarias que se atribuyen luego a los demás. Y no, no resulta a la larga (y a la corta tampoco).

Crecer duele, dejar crecer, parece que también.

 

 

 

 

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