Para
un buen grupo de personas, convertirse en padres ha sido una decisión voluntaria
y consciente, otros, en alto número también, lo han sido sin tanta conciencia.
En la jerga de salud a los primeros se les denomina embarazos deseados y a los
segundos aceptados. Hay un tercer grupo en que el vínculo con el/la hijo/a se
ha construido paso a paso y es bastante probable que, al término del embarazo,
la mayoría de los hijos llegan a un hogar que los recibe con amor y esperanza. Está
claro que no siempre es así, que madres y padres con historias que van desde
complicadas a terribles, a veces no logran desarrollar un vínculo afectivo más
o menos sano. Las consecuencias en las historias de esos hijos están estudiadas
y descritas en numerosos textos.
¿Por
qué o para qué se tiene hijos? Las respuestas son variadísimas y es un tema
apasionante, pero ese no es el objeto de este texto. Quisiera abordar aquí las
situaciones que se generan en los padres que asumen su rol como un apostolado
para toda la vida y sacrifican su desarrollo y mucho más por el bienestar de
sus hijos, hasta el punto de no dejarles espacio, tampoco a ellos, para ser
adultos autónomos. Los cuidan tanto que les dirigen la vida hasta pasados los
treinta y mucho más como en la historia de Julio Martínez[1] nuestro insigne periodista
deportivo que, para no contrariar a su madre, llevó un matrimonio clandestino
hasta la muerte de ella.
En
varios casos me ha correspondido tratar con hombres y mujeres adultos, desde el
punto de vista de la mayoría de edad legal e independencia económica, que
tienen muchas dificultades para sentirse autónomos y libres para tomar sus
propias decisiones y, por supuesto, hacerse cargo de las consecuencias de ellas.
Los padres, desde la mejor intención que otorga el amor y la preocupación por
el bienestar de los hijos, resuelven a su modo los problemas: piensan por ellos,
les pagan sus deudas, les buscan novio/a, trabajo u otros de modo que no sufran
o se frustren. Para nadie es indiferente el dolor de un/a hijo/a, al revés; parece
ser un sentimiento más o menos planetario aquello de preferir sufrir uno en su
lugar, por el motivo que sea.
Me
ha correspondido trabajar más con mujeres que refieren como sentido de vida el
ejercicio de su rol de madres, pero no me cabe duda de que también hay padres con
esa misma línea de pensamiento. Cuando se extrema esa perspectiva queda la
sensación de que relatan una suerte de abandono de sí mismos, de sacrificio y al
mismo tiempo de escudo protector para no hacerse cargo de sus propias decisiones
y anhelos.
A
los hijos les resulta difícil expresar y describir lo que padres tan abnegados y
devotos les provocan, es casi de regla que al referir el tipo de relación que
tienen con sus padres comiencen por decir que tienen la mejor madre o padre, o ambos,
saben que cuentan con ellos, los mejores padres del mundo, relatan lo afortunados
que son y lanzan una larga cantinela acerca de las interminables virtudes de
sus padres y los sacrificios que han hecho por ellos, para que, luego de varias
sesiones, casi con una culpa que parece una mochila con piedras sobre sus
espaldas, se atrevan a decir que se sienten, a veces, un poquito ahogados o
enrabiados con tantos cuidados y preocupaciones.
No
es fácil instalar límites a los padres, por lo general es un proceso árido y
doloroso y parece serlo más cuando se pospone para no decepcionarlos con un
camino de vida que no es el que precisamente ellos hubieran esperado que
emprendiera.
¿Cuándo
hay que comenzar a construir límites a los padres? ¿cuándo los padres deben
comenzar a dar más espacio para el riesgo a los hijos? Es evidente que las
respuestas a esas preguntan requieren considerar muchas variables. Los libros
dicen que el pudor, la intimidad, la vivencia de los cambios físicos y el desarrollo
de la sexualidad de modo más activo, requiere de un espacio personal desde la
pubertad. Tal vez eso sea lo más evidente, pero hay otros ámbitos de intimidad,
de vida interior, que requieren un balance delicado. La opinión de los padres
respecto a las decisiones personales desde el modo de vestir, de utilizar el
tiempo, el pensamiento político, el tipo de amigos, los amores, o la falta de
ellos, pueden llevar a los hijos a ocultar hasta el extremo la información con
tal de evitar discusiones y las inevitables manipulaciones de los padres
perfectos.
Cualquier
límite implica una cierta fricción, la definición de la barrera que marca ese hasta
aquí tienes permitido opinar, hacer, participar, implica un período de
cierto conflicto o de explicitación asertiva al menos, de cómo uno considera
que debe vivir su propia vida, aunque no calce con la tradición familiar.
La
manipulación afectiva se puede dar en todos los sentidos, la estrategia más
usada es la de hacer sentir culpable al otro y presionarlo para que haga lo que
no quiere hacer. Se puede disfrazar de lógica y sentido común, pero si una/o es
adulto/a y quiere mantenerse en ese estado parece esencial aprender a soportar
el conflicto, aceptar la rabia y manejarla inclusive con las personas a quienes
una/o más quiere en la vida. Explicitar el desacuerdo es una de las habilidades
que requiere ser adulto, por el contrario, la complacencia y el sacrificio
resultan en una calma que domina la superficie, pero cultiva volcanes de
frustración y genera jaulas imaginarias que se atribuyen luego a los demás. Y
no, no resulta a la larga (y a la corta tampoco).
Crecer
duele, dejar crecer, parece que también.

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