La
incertidumbre es un escenario complejo de manejar en cualquier circunstancia,
genera elucubraciones de toda clase y en grupos puede amplificar la necesidad
de ordenar el ambiente con cualquier idea que parezca más o menos lógica. Los
rumores, áreas indefinidas de acción, estrés y ansiedad aumentan sin cesar y
las personas se sienten cansadas de tanto sobre pensar en escenarios que les
perecen probables. La ambigüedad genera respuestas similares a la frustración: irritabilidad,
desesperanza y toma de decisiones sobre bases poco racionales.
La
falta de claridad de objetivos, de las formas de alcanzarlos o del impacto de
cada persona en determinada posición en la consecución de los mismos pueden
convertirse en enemigos organizacionales internos tan difíciles de vencer como
los zombis de las películas.
En
el ámbito del servicio público, en especial en salud, pareciera darse por
sentado que los objetivos, métodos, protocolos y demás instrumentos técnicos
bastaran para que las personas sepan lo que hay que hacer. Para algunos, muchos
en mi opinión, las instrucciones emanadas desde el MINSAL, ambas SEREMI, y Servicios
de salud, les resultan obvias en sí mismas y por lo tanto los ejecutores no
tienen nada más que decir u objetar en tanto se consideran a sí mismos y a sus equipod meros instrumentos operativos y no profesionales o técnicos con experiencia y opinión.
Por supuesto que hay mecanismos de participación y discusión, pero la maniobrabilidad
y capacidad de negociación de recursos, objetivos y métodos, depende de la competencia
técnica y de gestión de los interlocutores y no siempre hay garantía de aquello
por los métodos de elección de autoridades de distinto nivel de decisión.
En
el nivel comunal, los alcaldes, como cualquier autoridad política elegida
democráticamente, no tiene la obligación de saber de salud pública, la enorme
cantidad de siglas, complejidad del presupuesto y el constante cambio de
estrategias sanitarias por la evidencia científica que debe sustentarlas. Por esto
mismo es que debe contar con personas idóneas, de comprobada capacidad técnica
y de liderazgo en los diferentes niveles jerárquicos.
Los
equipos requieren de claridad y homogeneidad en los objetivos a alcanzar, alguna
estrategia de retroalimentación de la percepción real de los usuarios, del
desempeño como equipo; transparencia en la asignación de recursos y los
criterios en la toma de decisiones técnicas y administrativas.
Me
parece que la gestión en salud pública tiene un enorme obstáculo en el estatuto
de atención primaria donde la condición de trabajador con contrato indefinido
opera como incentivo a la resistencia al cambio y una serie de vicios internos
que podría dar para varias páginas y que no se relacionan con el objetivo de
esta columna.
La
claridad de objetivos a alcanzar en salud primaria no solo consiste en conocer
los indicadores que permitirán alcanzar invariablemente los bonos de desempeño
año tras año, sino en la generación de una mística interna que reconozca la relevancia
de la labor a cargo, nada menos que la salud y la calidad de vida de la
comunidad circundante a un CESFAM. Si no hay una visión global del tipo de
función, de las características del equipo, sus talentos y falencias, del
perfil de la población en cuanto a necesidades de salud y relación con las instituciones
locales, difícilmente se pasará del nivel de extintores de incendios a
generadores de comunidades que trabajan por la mejoría de la salud local.
Cada
acción en salud tiene un sustento que los integrantes de los equipos, todos,
deben conocer y es responsabilidad de las autoridades de salud locales, darlos
a conocer y vincular la presencia y función de cada trabajador con los
objetivos a lograr. ¿Por qué darse el trabajo de recorrer cada centro, hablar
con diferentes funcionarios, escuchar sus ideas y quejas, así como las de los
usuarios? Porque no es posible suponer intenciones, buenas ni malas, correctas o
erradas en las conductas de las personas. Las personas actúan de acuerdo a lo
que les parece que está bien, solo que difieren en para qué o quiénes es
beneficioso lo que hacen o por qué creen que así es. Cada uno cuenta con
explicaciones personales, pero en una organización y en especial en salud
pública, hay protocolos, reglamentos y formas de organización que, más allá del
gusto personal, deben ser ejecutadas sobre la base de argumentos éticos, sanitarios,
presupuestarios, reglamentarios y en suma, por el bienestar de los usuarios.
Alguien debe repetir ese discurso una y otra vez, alguien debe inducir a los
nuevos integrantes, alguien debe transmitir con convicción que la salud pública
requiere de los mejores. Ese alguien es en primera línea quien se desempeñe
como jefe en cualquier nivel del sistema.
La
responsabilidad no se delega, algunas funciones sí.
¿Para
dónde va la micro? Es una pregunta que, en el caso de una organización de salud
requiere de una definición clara y explícita, disponible en todas las
posiciones del sistema. Por supuesto, también es responsabilidad de cualquier
trabajador pedir definiciones, contribuir a ellas y no comportarse como una
persona con opinión fundada y capacidad de crítica y autocrítica.
Sin
una mirada global es difícil saber hacia dónde va un equipo. En salud pública
eso me parece muy grave.
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