Me
ha tocado ver y conocer parejas, amigos y familias que han vivido cosas terribles
entre ellos y se han perdonado. Cuando una les pregunta surgen temas de
importancia existencial, por supuesto mientras más profundo e importante sea el
vínculo afectivo, la disponibilidad a poner en perspectiva las situaciones
vividas, las buenas, malas y las aburridas, se amplía y aumenta la capacidad de
comprender el daño que alguien ha infligido por acción, omisión, mentira,
silencio o cualquier otra circunstancia.
Por
lo general todos tenemos un yo hipotético o teórico que dicta cátedra de lo que
una/o haría en tal u otra situación, aparecen listados de cosas que una/o no
soportaría y hasta los insultos o acciones que cometería en respuesta, o más primitivamente,
en forma de venganza que no es lo mismo que reivindicación. Una vez puestos en la
escena real y no es un ensayo, por lo general aparece un yo menos controlado
que nuestro ser teórico, winner, cabrón o empoderado. Ese otro yo, agresivo
o debilucho, se toma la escena y responde de un modo un tanto impredecible a no
ser que se trate de un patrón de relación en donde, cualquiera de los
integrantes del vínculo, puede más o menos anticipar la respuesta del otro y de
sí mismo. Por supuesto que resulta más pop reaccionar con agresividad, cinismo,
ironía y otras conductas similares, que quedarse ahí tirada/o llorando y estar
de pie al otro día como si nada hubiera ocurrido. Por eso han tenido tanto
éxito Shakira y Miley con sus canciones, porque es lo que se espera de personas
poderosas y capaces, pero el mundo de las superestrellas no es el que vivimos
la mayoría de los mortales y además, desconocemos otros detalles dolorosos. Por
suerte para nosotros.
Cuando
hay alguien que se queda sufriendo y no puede avanzar, incluso después de haber
dado una respuesta tipo winner-cabrón/a, es cuando el perdón se vuelve
más difícil o incluso imposible, al menos por un largo tiempo. No hay
explicación, información o contexto que valga para que esa persona salga de su
estado de sufrimiento y en ocasiones pareciera necesitar recorrer milímetro a
milímetro cada detalle de lo que ocurrió o se imagina que ocurrió. Tal como
decía en el post anterior, es en esta etapa en donde más se insulta y se
desprecia al otro, al/la malo/a de la película y al mismo tiempo en que se
degrada al otro ocurre una degradación de sí misma/o – cómo fui tan estúpida/o,
confiada/a, patética/o, etc.
Dependiendo
de la gravedad de la situación que, por supuesto, no depende de los eventos
mismos sino del significado atribuido a ellos y la centralidad del vínculo para
los involucrados, se requiere un tiempo, también variable, para que el yo
teórico y el que salió a jugar a la cancha cuando se recibió el pelotazo en la
cara, se reencuentren y el análisis pueda realizarse en forma más o menos
racional y entender cómo es que se llegó a producir la situación que quebró la
confianza.
El
perdón no significa siempre que debe haber reconciliación, Son decisiones
distintas, se puede perdonar, entender a alguien, comprender el contexto,
incluso intentar solucionar y cambiar los modos habituales de relación, pero la
reconciliación no llega a darse o no termina bien. Muchas veces sí, me
atrevería a decir que en la mayoría de los casos el perdón posibilita la
reconciliación: cuando hay amor mutuo, un vínculo fuerte, se logra llenar los
vacíos previos y se es más feliz estando juntos que separados. Por supuesto que
ese perdón requiere de la sinceridad, de la verdad sobre la mesa y de la
generosidad y capacidad del agraviado para ver al otro como una persona y no
como a un ángel o un demonio. Solo en esa circunstancia el patrón de relación
que posibilitó la aparición de un engaño puede disolverse y ser reemplazado por
otro más satisfactorio.
Sé
que suena prosaico, pero también hay parejas, amigos, familias, sociedades, que
permanecen juntos en armonía, después del perdón y la desilusión, sin que esté
presente ese amor intenso que alguna vez fue la base de todo. Hay muchas más
variables que considerar y siempre se puede elegir la vida que una/o quiere, estima
que merece o que cree que está al alcance o que, de acuerdo con el juicio
personal, es más justa o menos dañina para una/o y los otros.
Las
personas que no pueden perdonar tampoco dejan de sufrir, la herida se transforma
en un tema tabú que no se puede tocar o, por el contrario, aparece frente a
cada detalle nimio o importante que le recuerda las circunstancias que originaron
el conflicto. Si el infierno está en la tierra, creo que esa clase de convivencia
lo es.
El
perdón surge también desde el amor, desde los recuerdos de los buenos momentos,
de cómo una/o se sentía feliz y mejor persona en circunstancias que se pueden
vivir nuevamente. Recuerdo a una mujer que dijo que pudo perdonar cuando se vio
a sí misma sonriendo como idiota solo por ir con su pareja de la mano y vio en él
la misma sonrisa y por la misma razón.
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