Desde
el rol de espectadores, no deja de sorprendernos cómo personas que se amaron
tanto y era evidente por las florcitas y corazones que aparecían como pop ups
cuando se miraban o estaban juntos, después de un tiempo variable, pueden
llegar a odiarse tanto y las flores son reemplazadas por piedras y flechas
entre ellos.
Desde
mi perspectiva, mientras más se insulta, desprecia o denigra a la persona que
una/o antes amó, mayor es la autoagresión. Si una/o amó tanto a alguien, por
más que el enamoramiento sea un estado de conciencia alterado, en algún momento
sintió afinidad con esas características que luego le parecen detestables y por
tanto en algún punto son o fueron reflejos de una/o mismo o del ideal del yo.
De cómo queremos o queríamos ser.
Las
palabras pesan y duelen como piedrazos, algunas personas pueden sentir ese peso
con mayor intensidad que otras, depende de la educación, de la forma de
expresar emociones, de la autoconciencia y los nombres que usa para expresar sus
sentimientos. Muchas personas que se amurran cuando están enojadas o dolidas
manifiestan que no hablan porque saben que los proyectiles verbales no vuelven
al origen. Una vez dichas, no es posible borrar los insultos.
Tampoco
es que sea mejor el amurramiento que hablar y decir lo que una/o siente, pero
al parecer, sí vale la pena detenerse y pensar en lo que se va a decir o callar
y para qué. Si lo que hay es dolor y rabia al mismo tiempo, por supuesto que es
difícil pensar y no ser presa del descontrol de impulsos y arremeter de modo
violento con quien nos ha herido, pero si una/o siente que hay algo que salvar
o por último cuidar, suele ser mejor respirar y esforzarse en buscar las
palabras adecuadas o esperar por un mejor momento.
Las
disculpas no siempre son efectivas aduciendo rabia infinita o conciencia
alterada por el alcohol u otras sustancias. El piedrazo llegó igual a la frente
y dejó una cicatriz; su profundidad y permanencia en la piel dependerá de las características
de quien recibió y por supuesto de la dinámica previa de las personas. Si cada
discusión, por pequeña que fuera, se resolvía con insultos y agravios, es casi
impensable que una crisis se pueda manejar de modo más razonable y menos
doloroso. Si buscar la forma de herir más y mejor al otro con quien compartimos
la vida se transformó en una especie de competencia deportiva, es bastante
probable que casi no sepamos o no recordemos cómo hablar y comunicarnos
cariñosamente con esa persona o con otras.
Desde
otro ángulo, tampoco resulta muy facilitador de la comunicación y resolución de
crisis que nuestra reacción frente a cualquier queja o intento de comunicar
algo crítico en la relación sea enojarnos, amenazar, gritar, victimizarnos o
abandonar la escena. Con eso lo que conseguimos es que los demás lo piensen muchas
veces antes de decir algo y una dificultad, que pudo resolverse a tiempo, se
cronifique y termine en grandes bataholas. Que nos tengan miedo no asegura
lealtad y menos confianza.
Dicho
en frío todo resulta fácil, estar en la escena, con la adrenalina o
noradrenalina corriendo a mil, con la sensación de amenaza de agresión o
abandono, con las huellas de la historia personal; la dificultad aumenta
exponencialmente y entonces no se trata de valentía, inteligencia o cariño, se
trata, al parecer, de autocontrol, de la capacidad de darse un par de segundos
para mirarse y tomar conciencia de las sensaciones corporales del momento. Nada
de fácil ¿cierto?
Ni
hablar, si además de tener poca conciencia de las emociones y sentimientos propios,
el otro nos manipula diciéndonos que le vamos a arruinar la vida, que su vida
se acaba si la relación no existe más. Si uno ha amado a alguien, si siente
cariño, respeto y encima es padre o madre de nuestros hijos, lo último que
una/o quiere es dañarlo/a o ser que sea un narciso psicópata desalmado y por
mucha literatura, banal o seria al respecto, no abundan tanto como dice Instagram.
Las
palabras pesan y las defensas contra ellas también.
Poner
límites, ser asertivo en el trabajo, con los vecinos, vendedores, clientes ya
es difícil, multiplique eso por X elevado a tres o más si se trata de
personas a las que queremos y con las que hemos vivido momentos muy importantes
de la vida. Si es difícil comunicar emociones positivas por temor a ser
rechazados, lo es mucho más comunicar el desamor. De ahí que sea habitual
recurrir al autoengaño pensando que las cosas se resolverán solas o que
estabilizaremos la relación con elementos externos al sistema. Igual que los
países que inventan guerras con los vecinos para resolver severas crisis
internas.
Pensé
en otras cosas al comenzar a escribir este post, terminé hablando de
las palabras y el cuidado que requieren.

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