Se
ha hablado ya mucho de Shakira, Miley, Taylor Swift, Paquita la de Barrio y yo
no quiero ser menos (¡ja!). Es probable que muchas mayorcitas recordemos de
punta a cabo la letra de Ese Hombre de Rocío Jurado, es cosa de empezar con falso
enano mentiroso y la letra pasa a ser un archivo autoejecutable ¿la escucha
en su mente? Yo también.
El
despecho y la rabia por una deslealtad, infidelidad, traición o similar es un
sentimiento tan humano como la desilusión, la pena negra y la ambivalencia.
Tanto como tratar de encontrar villanos y víctimas de una situación que puede
tener muchos puntos de partida, análisis y finales. Es mucho más fácil adoptar
una posición razonable y civilizada estando afuera como el meme de Michael
Jackson comiendo cabritas que tratar de mantener el autocontrol estando en
medio de una tormenta de emociones, imágenes, paranoia o esa sensación casi de
locura de no poder reconocer lo que se ha vivido. La desilusión reconstruye el
pasado y no solo en el ámbito de la pareja. Similares sentimientos surgen en
conflictos laborales, familiares y por supuesto, también con los amigos cuando
una/o siente que ha sido traicionado en la confianza o ha sido injustamente
tratada/o o enjuiciada/o.
Eso
de la reconstrucción de la historia es impactante y creo que no nos detenemos
lo suficiente en ese fenómeno. La reinterpretación de gestos, miradas,
decisiones parece ser una de las peores consecuencias de dejar de confiar en
alguien. Así surgen frases como Nunca me quiso, me utilizó y muchas
similares. Junto con la desvalorización personal Yo tan tonta/o, tan
confiada/o más un sinfín de insultos autodirigidos e intercalados con los
expresados hacia quien nos hirió.
El
despecho y la rabia movilizan: originan los escándalos, las venganzas, rayan
autos, originan mensajes cabrones en redes y potencian la creatividad artística
entre muchas otras reacciones. La tristeza y el abatimiento tiran al suelo, inmovilizan,
disminuyen. Es esperable entonces que la desilusión provoque una mezcla de
reacciones o emociones que se suceden muy rápido entre ellas, un minuto es una
rabia infinita y al siguiente una pena infinita.
Cualquiera
que haya vivido la deslealtad en algún ámbito de la vida puede reconocer esta
clase de emociones y cómo sus declaraciones previas del tipo yo hubiera
dicho o hecho esto o aquello quedaron casi como una caricatura riéndose de
su autor/a.
A
no ser que estén presentes rasgos psicopáticos, es casi indesmentible que nadie
quiere provocar esa clase se sentimientos en alguien querido y comunicar el
desamor o la pérdida de confianza en el trabajo o en otros ámbitos. La mentira
tiene muchas veces padres muy nobles, tratar de proteger a los involucrados; la
esperanza de que los sentimientos y situaciones vuelvan a un momento previo o
mejoren; la fe en que las promesas hechas se cumplen no importa qué ocurra
entre las personas que las hicieron, en fin. Por supuesto, también puede originarse
en las complicaciones más prosaicas, pero muy importantes, como la complejidad
de la historia, patrimonio, credibilidad personal, estatus y similares
construidos en conjunto a través de los años. La prevención del agotamiento
mental que implicaría empezar de nuevo es otro factor que empuja a continuar
con la comodidad de mantener un equilibrio, a veces precario, a veces firme, en
el entendido que son cosas que pasan y que lo que se supera juntos fortalece
una sociedad, una familia, una pareja o una relación de amistad. Cuestión que
muchos han vivido también y que permiten sobrellevar crisis de toda clase y
nivel de alcance. El perdón y/o la vista gorda son recursos que permiten la
estabilidad y la restauración de la confianza en los casos en que no se
requiere justicia y reparación.
Coincido
con quienes afirman que la socialización del género nos hace menos libres a
mujeres y hombres, de cualquier orientación sexual, para expresar lo que nos
ocurre con la desilusión. En general se espera que las mujeres seamos las
víctimas, lloremos, gritemos un rato y luego perdonemos y que los hombres sean violentos,
se rían con los amigos y se repongan rápido sin perdonar. Esa es la caricatura,
las personas reales reaccionan ¡menos mal! de maneras muy particulares, pero no
dejan de sentir la presión de tener una respuesta emocional de acuerdo con lo
que se espera.
Dependiendo
de la edad, de la historia familiar y miles de factores, tanto hombres como
mujeres intentamos vernos a nosotros mismos como buenas personas, valientes y
leales con los que queremos. Se requiere haber vivido o provocado una crisis
para vernos de otra manera: debiluchos, poco asertivos, mentirosos, miedosos,
agresivos y mucho más, de ahí a, además, aceptarlo y confesarlo hay una gran
distancia. Nos refugiamos en quienes no nos cuestionan o no hablamos con nadie
de temas complicados y aguantamos la tormenta cerrando los ojos esperando que
pase sola.
¿Cuánto
tiempo es demasiado tiempo para quedarse en la rabia, la tristeza, el despecho,
la desesperanza? Pucha, de nuevo depende, hay personas que se vuelven más
fuertes con cada dolor y salen cada vez más rápido, otras, al revés, el umbral
se debilita y van confirmando hipótesis de sí mismos que no permiten la salida.
Se requiere un trabajo interno muy intenso y de largo plazo para reconciliarse con
la confianza en sí mismos y en los demás. No es cuestión de seguir los clichés
de Instagram y todas esas frases de ingenua sabiduría respecto de soltar, dejar
fluir, decretar, visualizar y dejar que el universo actúe. Esas frases no les
sirven a todos.
Con
alguna distancia temporal y espacial, veremos y escucharemos a Shakira feliz de
nuevo, lo mismo que a Taylor y a Miley, así como escuchamos a Rocío Jurado
cantar Como yo te amo, enamorada y esperanzada e igual de cabrona que
siempre.
Tan
humanos que somos ¿no?
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