Humano,
demasiado humano, decía el Sr. Spock por nuestra tendencia
como especie a mostrar nuestras emociones y sentimientos y, en ocasiones,
decidir con base en ellos y no sobre un sólido razonamiento lógico. Como si fuera
un defecto ser terrícola o ser un humano sapiens sapiens.
Estamos
muy encima del fenómeno como para tener la distancia suficiente y elaborarlo,
me refiero a la pandemia y su efecto en la memoria individual y colectiva o en
los aprendizajes, decisiones, pérdidas y otros en los que nos hemos visto
envueltos la mayoría de nosotros.
En
la atención clínica de personas de diferentes edades me parece que los efectos
en la vida afectiva y social han sido mayúsculos, en especial en las personas
más inhibidas o tímidas que sufren, algunos con gran intensidad, la falta de
consideración de aquellos que han salido del encierro con una actitud agresiva,
defendida que, a su vez, es otra evidencia más del cambio en la convivencia
social que hemos experimentado. Por estos lados, además debemos sumar el
estallido social y las incivilidades desde todos los sectores que también han
afectado, o directamente dañado, nuestra capacidad de ser amables y
considerados unos con otros.
No
es necesario hablar tan profundamente con otras personas para darse cuenta de
que andamos por la vida como si el resto fueran potenciales enemigos: peatones,
conductores, ciclistas, vecinos de mesa en un restaurant o cualquiera que esté
cerca por casualidad. Nos resulta difícil comenzar una conversación, sacamos
las cuentas del riesgo involucrado como si muchas interacciones de la vida
diaria se trataran de ganar o perder o de sobrevivir.
El
miedo a exponer-se, a que nos roben, nos agredan, que se burlen de nuestros
afectos o parecer necesitados parece ser superior al acostumbramiento a la soledad
y arreglárselas solo. Hay demasiados niños, adolescentes y jóvenes solos en sus
casas, con interacciones sociales que se limitan a breves contactos por juegos,
grupos de Discord, WhatsApp y similares; los contactos presenciales,
antes decíamos personales, se limitan a relaciones utilitarias y
funcionales. Necesitan mucho hablar y experimentar vínculos afectivos profundos
con el riesgo de felicidad y dolor que conllevan, pero apenas dejar surgir esa
necesidad a la conciencia. Parecen sacar cuentas y preferir la vida aséptica del
contacto con el mundo por pantallas disfrazando el temor y el no saber qué
hacer con una actitud de comodidad y de estar bien en unos pocos metros
cuadrados en donde pueden acceder a toda clase de servicios sin contacto
humano.
Los
adultos no parecemos inmunes al mismo fenómeno.
Vamos
echándole paelante, pareciera ser nuestro lema. No importa
quienes queden atrás y cómo quedaron. Si alguien lo pisotea en el metro o lo
empuja porque va apurado en la calle, o se cuela en la fila, no espere una disculpa,
sóbese calladito/a y siga no más. Si usted es nuevo/a en un trabajo no espere
que haya personas dispuestos a ayudarle orientarle si la organización no ha
fomentado y formalizado esos comportamientos. ¿Habremos perdido hasta los
buenos modales y la urbanidad en nuestras relaciones? Si usted es despedido o
se retira, parece que tampoco es lógico esperar gestos de amabilidad, solidaridad
o simpatía.
Qué
desagradable suena ¿cierto?
Los
adultos fuimos entrenados por generaciones anteriores a saludar, pedir por
favor, dar las gracias y en general estar más o menos bien dispuestos a considerar
que, así como nosotros, hay otras personas que necesitan atención y cuidados. Intentamos
hacer lo mismo con nuestros hijos, alumnos, compañeros de trabajo más jóvenes,
pero parece que algo nos pasó a todos de modo que, si entra alguien
nuevo a un puesto, a un curso, a una carrera y si hay alguien amable que trata
de incorporarlo/a casi es como para darse con una piedra filuda no en el pecho
sino en los dientes y la frente. Viejos, jóvenes y niños con la misma actitud
indiferente y temores similares subyacentes.
Estamos
asustados los humanos parece. Asustados de nosotros mismos, de acercarnos a
otros, como si fuera a ocurrir algo terrible por mostrar interés, cariño,
simpatía, preocupación, atracción o cualquier clase de afecto, por tibio y
desteñido que este sea.
Una
persona me dijo ayer después de haber sido capaz de iniciar una conversación
con alguien que se sentía más humana. Esa persona me devolvió algo de esperanza
y al mismo tiempo me hizo ver lo grave del problema de creernos autosuficientes
en nuestro aislamiento y soledad.
El
Sr. Spock, en la última película de Star trek, se enamoró y experimentó la maravilla
de las emociones, se llenó de ira y sintió el dolor del error y la falta de
racionalidad, experimentó la nostalgia por su madre y la sensación de
injusticia. En fin, humano, demasiado humano.
Spock & Spock, https://youtu.be/8Ppo5YIYwTM
Bruce Springsteen, Human Touch, https://youtu.be/KSOHqDR1cDw

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