No
siempre las despedidas son tristes o dramáticas, no cuando se deja crecer,
avanzar, volar, a quien se va o a quien se queda. Tampoco cuando de celebra lo
vivido, los buenos momentos compartidos o las historias, incluso las que solo
se imaginaron, en la compañía de alguien. Para llegar a ese punto parece ser
necesario haber atravesado por una serie de cavernas personales, pasar desde las
emociones más primarias de autodestrucción o de destrucción del otro hasta
llegar a integrar la relación que se rompe como parte de la historia personal
con los matices que tuvo y que la memoria tiende a embellecer en el tiempo.
A
veces, dejarse, decir no puedo más, por una/o misma/o o por el/la otro/a
es menos doloroso que persistir en el intento de cumplir expectativas irrealizables
de los integrantes de una relación, prolongando así una crisis y aumentando la
codependencia afectiva mutua. La intensidad del daño que a veces se provoca
tratando de evitar una despedida, es pocas veces considerado a la hora de tomar
decisiones. La manipulación afectiva en forma de frases románticas o
directamente bajo amenazas de acciones violentas contra sí misma/o u otros, son
habituales y no por eso menos dolorosas para quienes viven esta clase de
experiencias.
Es
duro ser dejado, lo es también ser quien deja. En la primera posición se
reviven traumas de abandono y las heridas vinculares que estos, reales o
fantaseados, han marcado la forma de relacionarse afectivamente. Quien se
siente abandonado a menudo se llena de dolor, rabia, impotencia, frustración y
una sensación de injusticia y traición que puede llegar a ser insoportable.
Quien se va o deja una relación, puede sentirse culpable, enjuiciado/a y a menudo
muy ambivalente respecto a la decisión que ha tomado.
Las
despedidas suelen darse por capítulos, por intentos de postergarlas, por
intentos de negarlas inclusive.
No
es fácil para nadie si se trata de despedirse de alguien que ha sido importante
y ha marcado una o más etapas de la vida. Jorge Drexler lo dice muy bien “nadie
sabe por qué un día el amor nace, ni sabe nadie por qué muere el amor un día”[1]
Un
día deja de doler, solo que la llegada de ese día es incierta, variable para
cada persona por muchas razones. Un día ya no hay lágrimas y los recuerdos
pueden ser vistos hasta con una sonrisa interna. ¿Eso es el olvido? ¿se podrá
olvidar a alguien que fue importante? Es probable que no, quizás es el dolor lo
que deja de asociarse con el recuerdo. Tal vez se trata de dejar de torturarse
con escenas, reales o no, o con la búsqueda de explicaciones que no tiene sentido
seguir buscando.
No
siempre las despedidas tienen que ser tristes, a veces se van produciendo como olas
en decrecimiento, lentas y armoniosas, una vez que pasó la tormenta emocional
del principio del fin.
¿Se
puede acelerar el término del dolor? ¿Se puede soltar a voluntad? Parece
que cada persona tiene su ritmo, un metabolismo emocional distinto. ¿Qué dicen
que ayuda? Reconocer las propias emociones y expresarlas; apoyarse en otros,
los amigos, la familia, pedir ayuda profesional si es necesario. A veces el
dolor se trata de la apertura de heridas antiguas y temas que han estado ahí
desde siempre, medio escondidos y que el término de una relación ha traído a la
superficie.
Como
sea, parece que nadie se libra del dolor en algún momento de la vida, pero como
dice la misma canción:
Tu corazón va a
sanar
Va a sanar, va a
sanar
Y volverás a
esperanzarte
Y luego a
desesperar
Y cuando menos lo
esperes
Tu corazón va a
sanar
Va a sanar
Va a sanar y va a
volver a quebrarse
Mientras le toque
pulsar

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