Una/o
hace lo que sabe hacer.
Esa
frase de un profe de psiconeurología me parece de lo más esclarecedor que he aprendido.
Cuando se trata de cambiar, de hacer algo nuevo, de al menos no dejarse llevar
por la inercia, habiendo muchas razones para hacerlo, es necesario estar
conscientes de lo que la propia historia señala como lo aprendido a hacer y
ser.
Es
muy probable que nuestras reacciones frente al estrés, la sensación de amenaza,
temor al rechazo, fracaso y un montón más de ideas que nos dejan en el lugar en
que estamos aunque no nos guste, sean las mismas de cuando éramos niños o
adolescentes: callarnos, huir, atacar, hacer como que no pasa nada, escondernos
y dejar que allá afuera las cosas se ordenen sin que tengamos que hacer nada,
como los personajes de Murakami y el pozo en donde se ocultan para que pase la
tormenta.
Mantenemos
una forma de reaccionar tan antigua como los años que tenemos. Parece ser que
esas reacciones o estrategias defensivas nos permitieron resistir la angustia
en los primeros años, nos permitieron protegernos de los demás o de nuestras
ideas acerca de ellos y los peligros, reales o imaginarios, que representaban
en nuestras fantasías. Por más esfuerzos que hayan hecho nuestras familias de
origen para protegernos de ese afuera, del peligro o del miedo, es imposible
que no hayamos vivido algunas situaciones de frustración o temor. Por más
esfuerzos que nosotros mismos realicemos para proteger a nuestros hijos, es
imposible que los protejamos de la vida. Por disponibles que estemos para ellos
a lo largo de su propia historia.
Las
estrategias de afrontamiento de problemas se aprende desde chiquititos y repetimos
durante la vida aquellas que nos resultaron eficientes. Si quiere conocer cuál
es su forma de enfrentar y resolver la angustia que genera una situación revise
su historia, su ontología se diría en biologés o sistemés. Si hay un problema
que esté viviendo en la actualidad o ha pasado una situación complicada
reciente, recuerde qué hizo.
- ¿Se
escondió? Los jóvenes llaman a eso hacer ghosting, desaparecer, callarse, no
enfrentar nada y auto mutearse. Los soldaditos del ejército de salvación del
bienestar psicológico deciden que es mejor agazaparse y no actuar.
- ¿Se
puso agresiva/a? sobre reaccionó, exageró, hizo show, levantó la voz o
amenazó antes de que la situación la sintiera como peligrosa. Su ejército
entonces decidió que la mejor defensa es un ataque.
- ¿Asumió
postura Ninja? Activó todas las alertas corporales y psicológicas, pensó en
todas las posibilidades y tiene plan A, B, C, D hasta la Z y en tres tipos de
alfabeto. Su ejército aprendió que, sobre pensar, diseñar diversos planes,
tener por adelantado el diseño de diferentes respuestas, le pone en ventaja
sobre la amenaza que está sintiendo.
- ¿Saca
la armadura transformer súper extra para que no se note la fragilidad? Antes
muerta/o que sencilla/a, mejor impresionar como que se tiene una gran fortaleza
interna y no dejar entrever la pena, el miedo y menos la angustia. Su ejército
decide que la disuasión de quien lo amenaza es la mejor opción.
- ¿Se
rinde antes de tiempo? abandona la lucha, se desesperanza antes de hacer o
decir algo, asume que siempre pierde por lo que es mejor al mal paso darle
prisa. Capitula, hace su declaración de rendición y se retira al ostracismo. Su
ejército decide que no vale la pena luchar, se siente vencido y prefiere no
actuar.
- ¿Hace
lo que hay que hacer? Es otra forma de no arriesgar, mejor ir con la corriente,
no innovar, mantener el status quo, todo está bien y en orden, no pasa
nada, se trata de aguantar el chaparrón y seguir impertérrita/o; ya habrá otro tiempo,
oportunidades, vidas. Su ejército ha decidido que lo mejor es resistir los
embates a pesar de las pérdidas.
Los
mecanismos de defensa son numerosos, usamos varios de ellos dependiendo de la
amenaza, real o fantaseada, de lo que estemos enfrentando, depende de cuáles
han probado ser eficientes según nuestra personalísima evaluación. Si lo que
buscamos es un cambio en nuestra forma de vincularnos, en el estilo de vida que
llevamos, en la forma de pensarnos a nosotros mismos, está más o menos claro
que no podemos seguir haciendo lo mismo, la innovación aquí es una cuestión de
calidad de vida o hasta de sobrevivencia. No siempre hacer lo contrario de lo
que hemos hecho es un cambio, a veces, es inclusive una forma rebuscada de
reforzar nuestras creencias más básicas y primitivas de lo que tenemos
permitido ser o hacer.
¿Por
qué no puedo ser valiente, dulce, sincera/o, frágil, determinada/a o cualquier
cosa que quiera ser o hacer?
La
respuesta a esa pregunta a veces toma una vida responderla porque tras ella hay
un océano de creencias y experiencias acerca de sí mismo/a que se van
reafirmando unas a otras en la interpretación de lo que se vive. − ¿no ve? Lo intenté
y no pasó nada, hice algo diferente y mire, quedé donde mismo – y entonces volvemos
al título de este post: uno hace lo que sabe hacer, innovar, cambiar, requiere
de un esfuerzo adicional, dejar de lado al piloto automático, arriesgarse a
experimentar dolor, soledad, culpa, ansiedad y hasta la temida angustia. Un
intento fracasado no es más que eso: un intento. Así como aprender a andar en
bicicleta nos significó a muchos, moretones, rasguños, piedritas incrustadas en
las manos y rodillas, cicatrices y más, imagínese lo que puede involucrar un cambio
en la forma de relacionarse o en el estilo y calidad de vida que una/o lleva.
Uno
hace lo que sabe hacer, recuérdelo cuando tome decisiones,
cuando se vea repitiendo reacciones, cuando su ejército defensivo aparezca y
decida hacer lo mismo de siempre.
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