Es
muy frecuente que nos resulte fácil opinar sobre las vidas de otros, más que
eso, enjuiciarlos por poco inteligentes o por inmorales o lo que se nos ocurra
para ponernos a nosotros como ejemplo y decir – yo habría hecho esto o lo otro –
o – mírame a mí, todo lo que he hecho y tú ahí, sin decidir.
No
es tan fácil ese mismo ejercicio cuando se trata de nosotros mismos y tratamos
de encontrar las explicaciones que nos parecen plausibles para no hacer A, B o
C o para justificar acciones, opciones, pasadas. No se trata de ser más
inteligente o menos. Los inteligentes son más rebuscados en sus explicaciones y
estrategias de escamoteo. Pueden ser ases de la evitación de sus propios miedos,
culpas, vergüenzas y no rozarlos siquiera. Se entiende, por supuesto, que lo
hagan frente a otros y los demás, entre confundidos y perplejos, dejen de preguntar,
solo que esas estrategias también funcionan para sí mismos y aunque tengan
cierto acercamiento tipo flash de que algo no está calzando en la lógica
argumental, prefieren ponerse aún más enredados en sus auto explicaciones.
Así
vamos construyendo jaulas imaginarias desde donde sentimos que no podemos
salir, la dependencia afectiva propia puede pasar como un sacrificio para no
hacer sufrir a otros, la pareja, los hijos y todos sabemos que ver a los demás
como más débiles que uno, pero dicho más bonito – me necesitan – es más
aceptable para la propia conciencia y lo que creemos es la opinión pública de
nuestro cerebro, el deber ser. El vilipendiado superyó, el crítico interno que
nos hace portarnos bien, pero al que a veces se le pasa la mano.
En
ocasiones el estadio nacional completo puede estar gritándonos que sigamos un
curso de acción que parece conveniente y no se explican el pánico que nos da la
incertidumbre del cambio o siquiera la exploración de lo que hay afuera de
nuestro mundo, del tamaño que sea este.
Cuando
somos adolescentes los miedos se hacen perceptibles a la propia conciencia, algunos
parecen insuperables y luego nos parecen ridículos y podemos reírnos de ellos. Algunos
de esos miedos persisten en la adultez y surgen otro nuevos porque la vida se
trata de vivir ¿no? Y ese proceso implica acertar y equivocarse en una
proporción indeterminada; además, está el azar, ese algo fuera de nuestro
control y que a veces resulta determinante para tomar una ruta u otra. Suena
lógico y es difícil estar en desacuerdo con lo anterior, pero a la hora de los quiubos,
nos sentimos igual en la jaulita aquella, hecha de barrotes de promesas hacia
nosotros mismos, de escenas que no queremos vivir de nuevo, de inseguridades y rechazos,
de soledad y fracasos. Desde la jaula es difícil ver lo que se ha hecho bien o mal
y que no se trata de si se merece o se quiere salir de ahí, a veces no hay más
alternativa si se asume que, si bien la jaula protege del afuera, al mismo
tiempo ahoga y el adentro no ofrece más posibilidades.
Seal,
Newborn Friend
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