He
tenido la suerte de ver personas de distintas edades en la consulta, los
mayores han sido una gran sorpresa para mí, hombres y mujeres interesados en
mejorar sus vidas y con esperanza en edades en que otros hace tiempo
renunciaron a redireccionar el camino que llevan y se han dejado llevar por la
resignación.
Mujeres
que se dedican a aprender un montón de cosas por tutoriales de YouTube, se
comunican con sus amigos y familiares y, fieles a la tradición gregaria de
nosotras las mujeres latinas, han creado en su entorno una cofradía de personas
dispuestas a cuidarse mutuamente y a resistir la tentación de quedarse
encerradas viendo pasar la vida, la poca o mucha que quede. Hombres que se
juntan a pichanguear o a practicar cualquier deporte y se aconsejan entre ellos
acerca de la relación con los hijos, la pareja y se apoyan para conseguir una
si no la tienen.
Hombres
y mujeres mayores preocupados de su vida amorosa y sexual, que se enamoran y
son felices o sufren como adolescentes porque parece que así no más es ese
sentimiento, vivificante o demoledor, en cualquier etapa de la vida.
Si
no tuvieran esperanza en que la vida puede ser más disfrutable no irían a
consultar, a enfrentar sus demonios y reconstruir su historia para buscar las
trabas que no los han dejado avanzar o que, habiendo alcanzado ya muchos de sus
objetivos, quieren buscar otros que les hagan sentir vivos hasta el último día.
Si solo quisieran sobrevivir más tiempo, sin importar la calidad de vida, no
emprenderían el camino difícil de desafiarse a sí mismos y a su familia, para
comunicarse mejor, resolver antiguos conflictos, examinar antiguas o nuevas
deudas afectivas.
Qué
bueno es verlos sentirse más libres y con capacidad de decidir qué quieren
hacer, dentro de las posibilidades que su contexto les otorga. Claro está que
la desigualdad en la vejez es casi tan cruel como en la primera infancia, la
pobreza material condiciona desde la salud hasta la disponibilidad de redes de
apoyo.
En
todas las etapas del ciclo vital, las relaciones sociales son vitales, tal vez
en la adultez, cargadas de exigencias, hay una mayor tendencia a considerar
solo a la familia y/o pareja como la única fuente afectiva importante, sin embargo,
en tiempos de mayor fragilidad emocional, los otros, amigos, compañeros de
trabajo, vecinos o agrupaciones de cualquier clase, pasan a ser un soporte
esencial que es necesario cuidar como un tejido delicado y suave que nos
sostendrá hasta siempre.
He
aprendido también que los mayores están más dispuestos a mirar con generosidad
su trayectoria y a afirmarse en lo que tienen más que en lo que les falta, han
sorteado muchas dificultades y cada una ha dejado la sensación de poder seguir.
La autoestima y autoconfianza ya no dependen tanto de criterios externos
generadores de inseguridad: belleza física, rendimiento intelectual, sexual o
de cualquier tipo, dinero disponible, vestirse a la moda etc, incluso cuando existe
un bombardeo diario contra la vejez y sus marcas en el cuerpo.
Me caen bien los que se arriesgan y no se consideran piezas de museo a las que hay que dejarlas inmóviles y presentables para que duren más y que no pueden opinar siquiera en dónde quieren estar.
Es
gente bacana la gente mayor. Me son simpáticos porque siguen de pie buscando o
reencontrando lo que ha sido su anhelo en la vida, sea cual sea. Me gustan
porque no definen su identidad con base en lo que logran o no sus hijos o nietos; dónde
viven, con quienes se juntan o si van a un lugar lujoso o su barrio de siempre
si ahí está la gente que quieren.
Tal
vez he tenido suerte y he conocido a gente mayor interesada en vivir sin renunciar.
Stephan Moccio, Leopold
Comentarios
Publicar un comentario