¿Cuál
es el objetivo del miedo? ¿sirve para algo? Claro que sí, para conservar la
especie, la vida de uno/a y la de los que uno/a quiere, para no perder el
bienestar logrado, mucho o poco. El miedo y la esperanza son emociones
irracionales, una expectativa de lo que puede ocurrir en un futuro inmediato, sin
certezas. Son apuestas, en un caso catastróficas y en el otro beneficiosas ¿con
base en qué? Tal vez en las probabilidades, en la historia individual o
colectiva de éxitos y fracasos. A veces jugamos a adivinar y nos transformamos
en futurólogos sin que sea la tecnología la que nos inspira, sino un afán de
demostrarnos lo inteligentes y visionarios que somos. En ocasiones nuestras
predicciones resultan ser correctas y otras tantas no.
Uno/a puede quedarse en la posición de la bruja pesimista que todo lo ve negro y dañino por pura mala suerte o adoptar la de un hada del bosque fantaseando con que todo saldrá bien porque el universo se alineará de alguna forma particular para cumplir el deseo de un/a persona.
¿De
qué depende que alguien sea más proclive al miedo que a la esperanza? ¿o será
que ambas emociones se dan en oleadas o ciclos? Nuestro cerebro dominado por el
miedo pareciera decirnos que si permanecemos inmóviles estaremos a salvo y
entonces no salimos, no llamamos, no escribimos ese mensaje que queremos enviar
y nos quedamos tranquilitos, seguros, esperando que algo cambie sin nuestra intercesión
o que sea otro quien dé el primer paso. Si nos domina la esperanza irracional,
podemos fantasear, aferrarnos a señales mínimas y lanzarnos sin que la piscina
tenga un mínimo de agua. A veces resulta tener miedo, y nos evita accidentes, pero
otras paraliza. En ocasiones la esperanza es eficiente y abre caminos
insospechados, en otras nos expone a un portazo en plena cara.
Algunos
dicen que si uno escribe las predicciones que se le ocurren para cualquier
evento: una prueba en el colegio, una presentación en el trabajo, un intento de
cita, ¡lo que sea! Sabrá qué tipo de adivino/a domina nuestros pensamientos y
en qué ámbitos específicos. Tal vez valga la pena el ejercicio.
No
es tan fácil cambiar de brujo/a interno/a, pero al menos es útil conocerlo para
pedirle que se calle un rato y nos deje vivir. Tampoco es tan sencillo ser un
optimista incansable y pretender que todo está y estará bien, aunque muchas
señales vayan en la otra dirección.
Y
encima de todo, en ocasiones estamos tan confundidos que no sabemos si tenemos
miedo o esperanza y nos es difícil tolerar esa parte de la vida en que parece
que no hay nada que esté bajo nuestro control y lo más conveniente parece ser
esperar con paciencia y calma oriental.
A
algunos les sirve pensar en qué es lo peor que podría pasar si eligen una alternativa
y en seguida transformar esa frase en su opuesto. Por ej. “No le escribiré
porque se va a aburrir de mí o me va a dar vergüenza o etc.etc.” El opuesto
sería “le escribiré y se va a poner tan contento/a como yo” suena tonto, pero más
tontos suenan esos argumentos que nos damos para no hacer algo que queremos o
que necesitamos y los latigazos internos que nos pega con tanto entusiasmo el/la
bruja/o mala onda que acampa en nuestra mente y encima sin permiso.
“Valiente
no es quien no tiene miedo, sino el que continúa a pesar él”
Sexta
Sinfonía de Beethoven Pastoral, dirigida por Christian Thieleman

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