Las familias se equilibran de alguna forma para seguir considerándose como tal. Muchos de estos equilibrios de conductas son inintencionados y más fáciles de ver si una adopta una mirada sobre las pautas más que sobre situaciones específicas.
Por
lo general cuando uno de los integrantes requiere muchos cuidados, recursos,
tiempo y atención, por ej. Alguien muy enfermo o que se mete en problemas
tupido y parejo, hay otros que para no generar más preocupaciones tratan de ocasionar
el menor ruido posible, buscan pasar casi desapercibidos, se las arreglan de modo individual
para resolver casi toda clase de situaciones, se muestran colaboradores y
pendientes de las necesidades de los demás. Por lo general son más bien
silenciosos, no piden regalos especiales para el cumpleaños o la Navidad y
presentan una conducta flexible y adaptable.
La
relación entre el integrante problemático y el buena persona, está
cargada de ambivalencia en tanto ambos o más, se sienten metidos a la fuerza en
un rol que no buscaron, pero que les quita posibilidades. El problemático,
quisiera ser más independiente y que los padres y otros integrantes de la
familia, los supervisaran menos y ojalá le tuvieran algo de confianza, pero
como suele desconfiar de sí mismo y está habituado a su rol, con frecuencia se
equivoca y confirma que requiere más supervisión. Lo mismo ocurre con el buena
persona, quisiera más atención, afecto y hace esfuerzos en distinto grado
para obtener reconocimiento de su familia u otros: puede dedicarse a obtener
buenas notas, practicar algún deporte, participar de actividades comunitarias o
artísticas o lo que sea como ofrenda para los suyos, haciéndoseles difícil
distinguir si son acciones que les reconfortan a ellos mismos o no, pero sienten que no es suficiente su esfuerzo o los logros obtenidos.
El
problemático y el buena persona están presentes en diversos sistemas,
Canitrot y Gertrudis en la oficina, son un buen ejemplo; el alumno modelo,
colaborador, con permanente actitud con los profesores y el conflictivo o
delicado que hace problemas por todo. Casi todos reforzamos estos roles, el jefe
le carga la mano a quien pondrá menos obstáculos para asumir una tarea difícil,
con menor plazo o que requiere mayor dedicación; los padres piden al/la hermano/a
de buena voluntad que ponga la mesa, vaya a comprar, barra las hojas etc, y el/la
problemático queda con mayor libertad de acción por un rato al menos.
Estos
roles facilitan la independencia del bien portado, la empatía, la autoconciencia
y muchas otras virtudes, pero también aumenta la probabilidad de tener baja
autoestima, ser complacientes, con dificultades para poner límites y pedir
ayuda. A los problemáticos les es más difícil crecer y alcanzar la autonomía,
requieren apoyo parental por mayor tiempo y al mismo tiempo tienen más
dificultades para tolerar y adaptarse a ambientes de trabajo estrictos o con mucha
supervisión. Algunos van de sufridos/delicados/prepotentes/conflictivos.
Es
bastante obvio que estoy exagerando y caricaturizando patrones de conducta que
en el encuentro con la vida diaria tienen más matices afortunadamente.
En
el fondo, al parecer, no tenemos que mirar solo a quienes nos preocupan en la
familia, el trabajo o cualquier sistema compuesto por personas, también vale la
pena ampliar la mirada y mirar a quienes parecen no necesitar nada.

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