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El bienestar mental también se fractura

 

Ilustración tomada de rafaelrdsg.deviantart.com

Estuve revisando los posts de este blog y creo que repito contenidos, debe ser porque veo lo mismo en muchas personas, las dificultades de aceptar que a veces no están bien y lo difícil que les resulta pedir ayuda. Así es que vale, creo, la reiteración de lo mismo.

Cuando alguien está con un problema que ha derivado en un cuadro depresivo, ansioso o de otra índole por lo general ya ha probado las estrategias clásicas: contar sus dificultades a su pareja, familia, amigos o a alguien que considera un/a buen/a consejero/a; ha tratado de calmarse, ser positivo/a, el nuevo mandamiento de moda; ha respirado profundo, ha mirado el cielo despejado, escuchado los pajaritos cantar en la primavera y no, nada ha resultado.

Puede que incluso sienta mucha culpa por estar desanimado/a, sin poder disfrutar de lo que los demás dicen que son el sentido de su vida: la familia, el trabajo, el amor de su vida, el deporte o lo que sea. Es posible que tenga ganas de huir de todas partes sin lograr identificar qué es exactamente lo que le hace sentir mal. Así, es posible que decline las invitaciones o si acepta logre quedarse un período muy corto de tiempo, puede que intente reír y sentirse conectado/a sin lograrlo. Una especie de distancia, más allá del espacio físico, se instala entre quien lo está pasando mal y su entorno.

Para casi nadie es fácil asumir que se tiene un problema o un diagnóstico específico, por el contrario, las personas en apariencia muy seguras de sí mismas, que se hacen cargo de los deberes propios o ajenos, autoexigentes más allá de lo razonable, que sobreponen el bienestar de los demás por sobre los propios como un hábito inflexible, se sienten disminuidos y casi humillados en su integridad ética si se abren a la posibilidad de estar necesitando ayuda profesional. No tienen nada de débiles, pero como sienten cierto desprecio por quienes han tenido ´licencia psiquiátrica´ mientras ellos siguen enfrentando con denodado estoicismo los desafíos de la vida, les resulta muy difícil decir qué les pasa, y peor, llega un punto en dónde ellos mismos ya no saben cómo fue que la vida les empezó a doler. 

Los motivos por los que alguien comenzó a sentirse así no es posible evaluarlos como la fiebre, a veces es una historia de vida cargada de dolores poco elaborados o una muy afortunada y satisfactoria que de pronto se encuentra con un cambio importante, incluso deseado. Somos raros los humanos y qué bueno que no reaccionemos igual frente a los mismos eventos.

El mandato social, familiar, pero sobre todo personal de estar siempre bien, ojalá feliz, motivado y siempre arriba, ha resultado difícil de manejar para muchos, tanto que van de muy buenos actores por la vida. Es probable que varios sean candidatos anónimos a un Óscar por los titánicos esfuerzos para seguir siendo funcionales en sus distintos sistemas de pertenencia, incluso les puede resultar efectivo por años, hasta que un día pasa algo y ya no pueden más.

No siempre está peor quien más se queja, pero el/la quejumbroso/a, también se enferma y está peor que de costumbre. La desventaja es que pocos advierten la diferencia y ellos mismos, en ocasiones, no logran captar la diferencia entre estar mal y muy mal.

¿Sirve decirles a los buenos actores o a los quejones que miren el día soleado, que sean agradecidos de las cosas buenas que tienen y de las personas que los quieren?

Cuando usted tiene dolor abdominal o un esguince o derechamente una fractura ¿le sirve escuchar los pajaritos, captar en mensaje de su síntoma, abrazar árboles o meditar? Es muy probable que si se encuentra bien de ánimo sea más llevadera la consulta al gastroenterólogo o al traumatólogo, pero la buena onda no será suficiente, la auto motivación tampoco. Requerirá ayuda profesional para definir los pasos a seguir.

El bienestar interno también se fractura.



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