Estuve
revisando los posts de este blog y creo que repito contenidos, debe ser porque
veo lo mismo en muchas personas, las dificultades de aceptar que a veces no
están bien y lo difícil que les resulta pedir ayuda. Así es que vale, creo, la
reiteración de lo mismo.
Cuando
alguien está con un problema que ha derivado en un cuadro depresivo, ansioso o
de otra índole por lo general ya ha probado las estrategias clásicas: contar
sus dificultades a su pareja, familia, amigos o a alguien que considera un/a
buen/a consejero/a; ha tratado de calmarse, ser positivo/a, el nuevo
mandamiento de moda; ha respirado profundo, ha mirado el cielo despejado,
escuchado los pajaritos cantar en la primavera y no, nada ha resultado.
Puede
que incluso sienta mucha culpa por estar desanimado/a, sin poder disfrutar de
lo que los demás dicen que son el sentido de su vida: la familia, el trabajo,
el amor de su vida, el deporte o lo que sea. Es posible que tenga ganas de huir
de todas partes sin lograr identificar qué es exactamente lo que le hace sentir
mal. Así, es posible que decline las invitaciones o si acepta logre quedarse un
período muy corto de tiempo, puede que intente reír y sentirse conectado/a sin
lograrlo. Una especie de distancia, más allá del espacio físico, se instala
entre quien lo está pasando mal y su entorno.
Para
casi nadie es fácil asumir que se tiene un problema o un diagnóstico
específico, por el contrario, las personas en apariencia muy seguras de sí
mismas, que se hacen cargo de los deberes propios o ajenos, autoexigentes más
allá de lo razonable, que sobreponen el bienestar de los demás por sobre los
propios como un hábito inflexible, se sienten disminuidos y casi humillados en
su integridad ética si se abren a la posibilidad de estar necesitando ayuda
profesional. No tienen nada de débiles, pero como sienten cierto desprecio por
quienes han tenido ´licencia psiquiátrica´ mientras ellos siguen enfrentando
con denodado estoicismo los desafíos de la vida, les resulta muy difícil decir
qué les pasa, y peor, llega un punto en dónde ellos mismos ya no saben cómo fue
que la vida les empezó a doler.
Los
motivos por los que alguien comenzó a sentirse así no es posible evaluarlos
como la fiebre, a veces es una historia de vida cargada de dolores poco
elaborados o una muy afortunada y satisfactoria que de pronto se encuentra con
un cambio importante, incluso deseado. Somos raros los humanos y qué bueno que
no reaccionemos igual frente a los mismos eventos.
El
mandato social, familiar, pero sobre todo personal de estar siempre bien, ojalá
feliz, motivado y siempre arriba, ha resultado difícil de manejar para
muchos, tanto que van de muy buenos actores por la vida. Es probable que varios
sean candidatos anónimos a un Óscar por los titánicos esfuerzos para seguir
siendo funcionales en sus distintos sistemas de pertenencia, incluso les puede
resultar efectivo por años, hasta que un día pasa algo y ya no pueden más.
No
siempre está peor quien más se queja, pero el/la quejumbroso/a, también se enferma
y está peor que de costumbre. La desventaja es que pocos advierten la
diferencia y ellos mismos, en ocasiones, no logran captar la diferencia entre
estar mal y muy mal.
¿Sirve
decirles a los buenos actores o a los quejones que miren el día soleado, que
sean agradecidos de las cosas buenas que tienen y de las personas que los
quieren?
Cuando
usted tiene dolor abdominal o un esguince o derechamente una fractura ¿le sirve
escuchar los pajaritos, captar en mensaje de su síntoma, abrazar árboles o
meditar? Es muy probable que si se encuentra bien de ánimo sea más llevadera la
consulta al gastroenterólogo o al traumatólogo, pero la buena onda no será
suficiente, la auto motivación tampoco. Requerirá ayuda profesional para
definir los pasos a seguir.
El
bienestar interno también se fractura.

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