Es
difícil convencerse de que ambas pueden coexistir en la misma persona y que
incluso se necesitan la una a la otra. La soberbia dice – puedo sola, nadie más
va a hacerse cargo de esto tan bien como yo, no necesito ayuda, cariño o
simpatía, me basto a mí misma – no es necesario ser un/a narcisista patológico
para sentirse así en algunos momentos de la vida, en especial cuando se ha
sufrido un porrazo de aquellos por diversos motivos: fracasos laborales, afectivos,
duelos, etc. Y encima aparece la obligación social esos mandatos que parecen presionar para parecer
fuerte, valiente y lleno/a de recursos para seguir con la vida. Mal que mal, los
héroes de las series favoritas no van de llorones o buenos para quejarse ¿no? Scarlett
O´Hara agarró un puñado de tierra y se prometió que jamás volvería a pasar
hambre y no se quedó ahí tirada en el suelo.
Esta
exigencia se ser y parecer duro/a, inconmovible frente al dolor propio, y también
ajeno, al parecer refuerza la idea de que pedir ayuda es de débiles, reconocer
que el golpe dolió y una/o necesita sobarse un poco es caer en la categoría de
Neymar y ¡no pues! No se admira al jugador llorón y exagerado sino al que,
poniendo en riesgo su propia integridad, sigue en el partido ¿se acuerdan de
Medel el 2014 cuando jugó desgarrado? Ambas son exageraciones del punto que
trato de ilustrar aquí.
Es
en situaciones de crisis cuando aparecen nuestras creencias de cómo debiese comportarse
alguien sin ser patético. Y esas creencias, casi mandamientos internos,
provienen de cómo le ha ido a una/o pidiendo ayuda, consuelo o apapachos. El genial
Julio Cortázar ha dado unas efectivas instrucciones de cómo llorar para ser
considerado/a educado/a, ciudadano/a, ponderado/a o al menos equilibrado/o, adulto.
Instrucciones para llorar
Julio
Cortázar
Dejando de lado los motivos,
atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que
no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe
semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del
rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al
final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta
imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense
en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en
los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el
rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la
manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto.
Duración media del llanto, tres minutos.
FIN
Una/o
observa a gente haciendo denodados esfuerzos por parecer entero/a incluso en la
consulta, como si llorar fuera un acto condenable, cuando se trata de una respuesta
fisiológica tan natural como ponerse rojo/o, palidecer o sentir dolor abdominal.
De
hacer esfuerzos para no llorar, se pasa con facilidad a pensamientos
autoagresivos - ¡qué estúpida/o soy!, ¿¡cómo puedo ser tan ridículo/a!? y
muchos otros similares. Surgen promesas y juramentos que actúan como barreras
afectivas y las auto promesas de ¡nunca más!
¿Nunca
más qué? ¿no va a intentar en otro trabajo, otro proyecto, otro grupo, no va a
querer a nadie más, no va a necesitar ayuda jamás de los jamases? Parece poco lógico
y menos respetuoso aún con nuestra estructura y especie, los humanos no
somos sin los otros.
Esa
actitud soberbia entonces disimula, mal, por supuesto, a la desesperanza que un
dolor importante generó - nadie va a entender, ninguno va a interesarse por
cómo estoy, yo sí sé lo que los demás necesitan, nadie se molesta en preguntar
y no me voy a rebajar a pedir ayuda – y así en un bucle interminable, se va
reforzando la hipótesis primaria – estoy solo/a y tengo que arreglármelas-.
Los
soberbios no reclaman, los demás debieran suponer que están dolidos o incómodos
y sus muestras de afecto debieran ser retribuidas de manera espontánea y no
porque ellos se humillen al expresar cómo se sienten: ignorado/as,
tratado/as con injusticia, o en general, una odiosa sensación de que hay falta
de reciprocidad en una relación de cualquier tipo
No
decir es un problema.
Los
instrumentos más cercanos que tenemos para suponer cómo y porqué se sienten de
una manera específica quienes nos rodean, son la empatía, la intuición y/o el
sentido común y parece que no nos va muy bien confiando en que todos estamos en
el mismo nivel de desarrollo de esas habilidades. Podría resultar más
conveniente recurrir al truco de la vieja confiable: expresar lo que
siente. Tampoco es que expresar algo, ser asertivo/a sea fácil o garantice la
respuesta esperada desde los otros, pero al menos es un intento de regular las relaciones.
La
decepción acechará siempre a los que aman y esperan, seguirá tal como una nube
negra pero los momentos de luz bien valdrán la pena y si llega la lluvia ¡bienvenida
también!
Por si quedan algunos que no han
leído El Gigante Egoísta de Oscar Wilde, van unos extractos.
“Así pues, siempre era
invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la
Nieve danzaban
entre los árboles”.
… “Vio un espectáculo
maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el
jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos
los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se
sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían
cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los
pequeños”.
“–¡Qué egoísta he sido– se
dijo. –Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a
colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín
será el parque de recreo de los niños para siempre. Estaba verdaderamente
apenado por lo que había hecho. Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta
principal con toda suavidad y salió al jardín.”
The Beatles, Help
Lo
que el viento se llevó, Margaret Mitchell

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