Somos
humanos por el lenguaje, gracias a ese artefacto nos coordinamos de modo independiente
de la distancia medible hasta ahora y como especie alcanzamos la trascendencia espiritual
e intergeneracional. Eso si nos observamos desde una perspectiva ecológica y
antropológica. En la vida diaria este asunto del lenguaje y la comunicación
pueden volverse más complicados.
En
las generaciones más jóvenes, entre 15 y 25 años, según mi experiencia, se observa
una tendencia a ser más claros para expresar lo que sienten, aun cuando pasen
por debiluchos, cristalitos o cualquier denominación peyorativa que les damos
las generaciones expertas en comunicar parcialmente las cosas o llevamos una agenda
oculta, como si fuésemos avezados negociadores. Son los jóvenes los que
acuñaron el concepto de responsabilidad afectiva (ver post anterior), esto es
hacerse cargo de lo que uno siente y de cómo la propia conducta o mensajes
pueden hacer sentir a otros.
Las
confusiones surgen en todos los ámbitos: el trabajo, la prensa, la familia, la
pareja, los amigos, claro, porque somos humanos y por lo tanto seres relacionales.
La información que recibimos en cualquier formato nos está afectando en dos
niveles al menos, el contenido explícito del mensaje y la definición de la
relación de quienes están interactuando.
Por
si fuera poco, la relevancia de uno u otro, el contenido o la relación, varía
entre las personas que se están comunicando y lo que para uno/a es trivial para
el/la otra/o puede ser un factor decisivo.
Somos
nuestra historia y lo que la confirma dice un cuento por ahí, cómo
y por qué las mismas palabras y gestos tienen distintos significados según el
momento psicológico es y será una pregunta persistente en quienes quieren
certezas donde no las hay.
Una
frase puede operar como password de archivos de recuerdos felices y en
otro momento constituir la clave para abrir la caja de pandora de las
inseguridades y circunstancias dolorosas.
Y
para colmo de los colmos de las dificultades y confusiones comunicacionales, la
capacidad de comprensión de las personas es diferente y la intensidad de las emociones
y sentimientos también.
A
veces, no podemos salir de nuestra perspectiva y pensamos que el/la otro/a nos
miente o nos ha mentido al decirnos que somos importantes, para la
organización, el grupo de amigos, como pareja, como compañero/a de juegos o el
contexto relacional que sea, para después dar media vuelta y escoger a otra persona para
el equipo, la pichanga, pareja etc.
Muchas
personas dicen de sí mismas que son muy intensas y que se quedan pegadas en
situaciones de las que otros salen con asombrosa rapidez. Lo dicen como si
fuera una confesión terrible, casi un delito afectivo. Gente apasionada, para
todo o casi todo. Me parece que los intensos son mal vistos porque en la era de
la búsqueda del bienestar y del optimismo, hasta irracional, no es correcto
deprimirse, enojarse o sentir dolor. Hay expertos en aparecer como que no les
pasa nada para no pasar por “intensos” como si se tratara de una cicatriz
horripilante que va a espantar a los demás.
Muchos
otros sienten sin tanta profundidad y no están mintiendo cuando expresan un
compromiso, sentimiento o intención; sienten de otro modo no más y luego de
experimentar un dolor, logran adaptarse con mayor rapidez a sus circunstancias.
Es bueno recordar que las diferencias entre las personas permiten contar con
diversidad de talentos y formas de adaptación. El agua tibia es tan necesaria
como el hielo o el agua hirviendo, depende de para qué la necesitemos.
No
me imagino el arte, el deporte, equipos de alto rendimiento, descubrimientos, cambios
sociales para el bien de la mayoría y mucho más sin personas apasionadas que perseveraron
en una idea o proyecto. Una brisa tenue siempre es bienvenida, pero a veces se
requiere una tormenta para cambiar el status quo. Ambos parecen ser necesarios.
Pet Shop Boys. Only the wind


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