Hace
tiempo quería escribir sobre la autoestima, pero no lo había hecho porque casi
todos los libros de autoayuda las películas de Disney y otras gringas tratan
sobre eso, “El Rey León” es un ejemplo clásico. Ayer faltó un paciente y entonces
aproveché de escribir algo, pero no me imaginé que estaríamos hoy sometidos a
otro inicio de una nueva tormenta internacional sin siquiera terminar de salir
de la pandemia. Es decir, una sabe que va a pasar, pero siempre existe esa
sensación de que, como especie, no podemos ser tan estúpidos y tan brillantes
al mismo tiempo. Y sí, podemos.
Los
contextos son cambiantes, la identidad más o menos estable, depende de la capacidad de
adaptación y repertorio conductual para afrontar los cambios. Eso podría ser
otro tema para este blog. Como sea, que el mundo no sea una excusa para tratar
de sentirse un poco mejor.
Pocos
factores son tan gravitantes como una autoimagen negativa, un pobre concepto de
sí mismo y la falta de confianza en las propias capacidades. Parece lo mismo
dicho de diferentes modos y sí, es más o menos lo mismo, pero con diferentes
énfasis.
Autoimagen:
Cómo creo que soy
Autoestima:
Cuánto valoro eso que creo que soy
Autoconfianza:
La capacidad de enfrentar adversidades y problemas que creo que tengo.
Ninguno de esos conceptos se basa en un criterio más o menos consensuado con la percepción que el entorno percibe a una persona (“ojalá te vieras con mis ojos” verso atribuido a Frida Khalo), sino más bien del discurso interno, esa voz amiga o enemiga que hace que nos critiquemos en exceso o seamos indulgentes con nosotros mismos. Más allá de los logros y fracasos, atractivo, altruismo, liderazgo o lo que sea que esté en el foco en determinado momento, si una persona no puede mirarse desde la amabilidad o generosidad seguirá sintiendo que no está a la altura de las expectativas de los demás y tampoco de las propias.
Al
revés, alguien por completo promedio en cualquier variable, si tiene un
concepto exaltado de sí mismo, muchos de sus actos le parecerán logros importantes
y dignos de reconocimiento. Ambas posiciones: creerse “poca cosa” o “la gran
cosa” pueden llegar a experimentar grandes dificultades para la adaptación
social y la sensación de bienestar. A los del polo exaltación del yo habrá que
dedicarles un artículo especial, en todo caso por lo general se les ve juntos, un
complaciente al lado o al servicio de otro que solo se ve a sí mismo.
Y
¿por qué la baja autoestima es el origen de todos los males? No es el único punto
de partida por supuesto, pero es una especie de mínimo común denominador de los
factores de riesgo en salud mental: dificultades para poner límites, para ser
asertiva/o, sobrevaloración de los desaciertos personales, exagerada autoexigencia
y ni hablar de la adaptación social, dependencias afectivas o temor al riesgo.
¿Cómo
es que alguien que nos puede parecer brillante, en todos los aspectos, puede
llegar a tener tan pobre concepto de sí mismo? Hay muchos estudios que muestran
la relación del estilo de apego, en especial, ambivalente o inseguro; los
estilos de crianza de tipo autoritario; el maltrato psicológico, negligencia en
el cuidado y ni hablar de la violencia, de cualquier tipo, como parte de la
cultura familiar y social; la pérdida de una figura de apego significativa en
la infancia, el narcisismo o depresión crónica de uno de los padres, la
enfermedad de un integrante de la familia que requiere dirigir la atención y
cuidados hacia el/la que es percibido
como más débil, en fin , se puede encontrar muchas más explicaciones. Habrá que
hurgar en la vida de alguien para entender. Casi cayendo en la caricatura de un
proceso complejo, se puede decir que dicha persona ha crecido en un entorno en
donde debe satisfacer las expectativas de su familia y entorno a veces
imposibles de alcanzar. Las estrategias utilizadas por los niños para
sobrellevar esa etapa pueden incluir tendencia al aislamiento o a la sobre adaptación,
niños/as que parecen maduros/as, viejos/as chicos/as que funcionan como
cuidadores de hermanos y a veces también de sus padres o de cualquiera que
ellos consideren más vulnerable que ellos mismos.
Hay
muchos disfraces para compensar la inseguridad interior, no siempre andan de cuchitos
por la vida, a veces posan de winners o de indiferentes a casi todo.
Para descubrirlos hay que preguntar, no dar por sentado un juicio, como frente
a cualquier característica en general.
¿Cómo
se hace para mejorar el sentido de propio valor? No es fácil, de serlo no serían
necesaria esa cantinela infinita de los carteles de las redes sociales sobre
respetarse a sí misma/a, poner límites, “creerse el cuento”, “brillar”, en fin.
A algunos les resulta empezar por la vocecita enemiga esa, la que aparece
cuando una/o se mira al espejo, compara su historia con la de otros, revisa
obsesivamente lo que dijo en la entrevista de trabajo o en el diálogo con alguien
a quien se quiere. Tratarse como uno trata a un/a amigo, con una mirada generosa y de apoyo, podría ser un buen comienzo. También sirve averiguar de dónde sacó una/o esos
adjetivos tan chaqueteros y tira-pa´bajo que son repetidos una y otra vez por
esa voz ¿quién dijo que no podías, que no eres suficiente, con base en qué
criterio, comparado con quién, en qué contexto?
A
veces se puede solo/a, otras se necesita ayuda, pero, adivine, a algunos/as que
van de súper héroes/heroínas, no les es fácil pedirla.
Es
difícil ser humano, es raro ser humano.
Comentarios
Publicar un comentario