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Y no se quieren ir

 




A veces me da por creer que los pensamientos también se deslizan, se organizan en grupos y aterrizan a través de los diálogos que sostienen conmigo las personas que van a la consulta. No es tan ilógico como parece, si a una la recomienda alguien por determinado tema es probable que lleve a ese otro a consultar por lo mismo. O son coincidencias no más. Puede ser, todo puede ser.

Es así como llegan por rachas: mujeres todopoderosas, hij@s de narcisistas, adolescentes que se autolesionan, madres y padres preocupados por sus hijos, personas con sueños raros, en fin.

Hoy se me quedó atrapada en la mente una pregunta que nos hicimos con una amiga mientras caminábamos en la mañana ¿hasta cuándo hay que cuidar a los hijos? ¿cuándo hay que soltarlos para que enfrenten los obstáculos como los adultos que su edad dice que son? A lo mejor las respuestas pueden ser bastante consensuadas, pero sin duda a quienes nacimos en los sesenta o setenta, no nos ha resultado muy fácil potenciar la individuación y autonomía de los hijos.

He leído y escuchado toda clase de teorías: somos hijos de la dictadura y tenemos serios problemas para ejercer y lidiar con la autoridad, nos fuimos para el otro extremo pasando de ser hijos de padres autoritarios a la permisividad o inconsistencia en el estilo de crianza con nuestros hijos; pasamos por muchas dificultades y exigencias y queremos una vida menos dura para los vástagos; el ascenso social implicó para muchos de nuestros padres una vida dedicada al trabajo y poco tiempo para nosotros, no queremos eso para nuestras familias y si así ocurre, la culpa por las tribulaciones de nuestros veinteañeros o incluso treintones hijos  casi siempre son culpa nuestra, por no estar, por estar demasiado. Los padres cincuentones están en medio del sándwich, cargan con el mandato de ser quienes por lo general imponen el orden y al mismo tiempo intentan ser empáticos, comprensivos, orientadores; las madres ¡ay las madres!, se arrogan el derecho de ser quienes sí saben tratar a los hijos, compensando la dureza del padre o siendo más exigentes y buenas para presionar y/o manipular a sus polluelos, niños-viejotes, si es el padre el que hace el papel de sensible.

Es así como a menudo nos encontramos siendo los transportistas, rescatistas financieros y eternos cuidadores de hijos que aparentemente no pueden resolver los problemas clásicos de la adultez joven. ¿Quiere estudiar otra carrera? ¿le queda muy lejos el carrete? ¿no sabe cómo hacer un trámite en el banco? ¿es vegano, vegetariano y hay que cocinar aparte? ¿tiene más de 30 y no quiere irse de la casa? ¿no le gusta su trabajo? ¿gana un sueldo y no se hace cargo de ninguna cuenta? ¿solo gasta en consolas, juegos en línea y salidas con los amigos o polol@?

No mencionaré el tema de los nietos, para qué.

Vamos perpetuando la cultura latinoamericana a través de la abnegación de los padres hacia unos hijos que se resisten a crecer y a hacerse cargo de sí mismos. También he conocido hombre y mujeres que pasan de la dependencia de sus padres a la de su cónyuge sin llegar a saber, más o menos, cómo son como individuos. Ciertamente los ideales de felicidad, comodidad o bienestar son tantos como personas existimos en el planeta y si eso no constituye problema no hay para qué cuestionarlo. El punto surge cuando sí genera sufrimiento y dolor o constante sacrificio y resignación por parte de alguno de los integrantes de la familia. 

La adolescencia eterna definitivamente pasa la cuenta a los adultos de la casa.

Así, padres sobre los 55 años sienten que no pueden disponer de su tiempo, tomar decisiones pensando en sí mismos porque ¿qué va a pasar con los niños-viejotes? ¿qué van a pensar? Porque la energía para hacerse cargo de cosas básicas como ordenar su pieza, lavar su ropa, cocinar su comida vegana no está disponible, pero para criticar, enjuiciar y pautear la vida de los padres tienen ánimo para dar y regalar. Y sí por supuesto que para carretear siempre hay ánimo.

Estamos bien fregados algunos cincuentones, pasamos de prohibición en prohibición en nuestra infancia y adolescencia, para luego ponernos, cabeza gacha, a producir, completar los checklist definidos para cada etapa y al fin llegar a la edad en que creíamos podríamos ser libres y no, resulta que terminamos pauteados  por los modelos morales de la nueva generación y y el deber de cuidar de los padres al mismo tiempo.

Creo que nos falta reconocernos un poco como nosotros mismos, no en relación con otros (hij@ de, espos@ de, madre-padre de) y darnos el tiempo de vivir, solos o en pareja, unos buenos recreos antes de enfermar y que la vida se haga más difícil. 


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