Es
tan buena esa expresión, ¿cierto? Desde afuera se ve clara la situación, pero
en la mente de alguien que está enamorado/a, ilusionado/a u obsesionado/a, nada
parece convencerlo/a de que no es ahí donde debe perseverar.
Es
en las relaciones afectivas en donde se ponen a prueba nuestras formas de
vincularnos, los modelos de conducta que aprendimos en la primera infancia, la
forma en que vivimos las relaciones con nuestro padre y madre y la existente o
inexistente entre ellos. A estas alturas de la vida creo que ya sabemos que no
se trata de si los padres se separaron o no, hay suficiente evidencia en la
actualidad para decir que la estructura de una familia no tiene directa
relación con su funcionalidad o su capacidad de contener a sus integrantes sin
que exista sufrimiento en su interior. Son muchísimas las variables que
influyen en cómo nos comportamos cada uno de nosotros en nuestras relaciones afectivas,
amistosas, amorosas que por algo han inspirado tantas canciones, poemas,
películas, novelas, teorías, investigaciones y un infinito etcétera.
En
pareja se ponen en juego cuestiones esenciales como nuestra autoestima,
identidad, la capacidad de confiar, de seducir, de llegar a ser vulnerable y
dependiente de otro. Esa vulnerabilidad puede llegar a ser tan pavorosa que a
veces preferimos quedarnos escondidos en nuestra cómoda soledad y no volver a
experimentar el vértigo de sentir que hemos perdido el eje y control de
nuestras emociones. También la soledad provoca temor y entonces elegimos
quedarnos en relaciones seguras, pero insatisfactorias para no tener que
empezar de nuevo o descubrir que no hemos construido un mundo sin otro o para
otro.
El
rechazo duele, duele físicamente, es una herida difícil de curar y para
revertir esa horrible sensación nos quedamos esperando o imaginando que no es
tal, guardamos esperanzas vanas y expectativas sin asidero en claves reales.
Nos creemos las excusas amables de alguien que con toda probabilidad nos tiene
cariño y no nos quiere herir: traumas infantiles, lo mal que lo pasó en su
relación anterior, la dificultad e imposibilidad de movimientos que tiene en su
vida por el trabajo, la distancia o lo que sea.
El
amor no es magia abstracta, el amor es conducta, es hacer algo para estar con
el/la amado/a: llamar, escribir, acompañar, cuidar, tener tiempo y eso surge
como una necesidad imperiosa de estar juntos, de saber del otro. Si no hay nada
de eso, pucha, el amor no correspondido es uno de los dolores más grandes de la
vida, pero no hay nada más que hacer.
Quien
sí quiere lo sigue intentando y dependiendo de su estructura de personalidad,
más o menos dependiente o melancólica, sus intentos serán más o menos
numerosos, hasta que llega un punto en donde la insistencia es franca obsesión
o comportamiento autodestructivo. Es muy difícil encontrar personas relativamente
normales que disfruten de recibir portazos tras portazos, se trata más bien de
patrones de conductas que intentan resolver, sin éxito, un conflicto interior
más profundo que solo no poder ponerse límites. Problemas con el abandono, dificultades
para establecer relaciones de auténtica intimidad, rasgos narcisistas, rasgos depresivo-
masoquistas, en fin, para qué seguir.
El
amor romántico es un concepto que ha estado en cuestionamiento en especial
desde el feminismo. Suena razonable esa revisión si para algunos el amor implica
buscar, y ojalá encontrar, una media naranja, el/la indicado/a, The one,
como dicen los gringos, o esa alma con la que estamos destinados a unirnos en
esta vida o en las otras. Si sostenemos que el amor es uno
solo, la probabilidad de hallarlo es muy reducida ¿no? O peor, si lo
encontramos y no nos quiso lo suficiente como para quedarse con una/o, entonces
¿qué se hace? ¿quedarse en la pérdida para siempre? ¿no intentar querer nunca
más? Más allá de las creencias que cada una/o tenga, a mí me parece que es
injusto y paralizador el concepto de amor como destino mágico.
Las personas pertenecemos a un tiempo y contexto histórico que permea nuestra forma de querer, los planes de vida, las barreras y oportunidades que se nos ofrecen y las limitaciones en razón del género, clase social, credo y tanto más. Siendo así para casi todo, vale la pena revisar los mandatos que aceptamos o las hipótesis que una/o intentará probar en su vida amorosa: nací para estar solo/a, libre, para dar más de lo que recibo, para seducir sin quedarme con nadie, para ser una madre o un padre de familia.
Si nos va mal en las relaciones amorosas ¿Nos quedamos solos entonces? ¿nos comportamos como si no mereciéramos ser queridos/as como otros o que no somos capaces de querer? ¿nos escondemos de los riesgos de sufrir y junto con ello también de los riesgos de ser felices? ¿nos parapetamos en nuestro búnker a prueba de malos hombres y malas mujeres que no nos quieren y de paso perdemos la posibilidad de conocer a alguien que sí haga el mismo esfuerzo que nosotros/as para tener una relación mutuamente satisfactoria?
Por
supuesto que hay muchas personas que son felices solas y tienen una vida llena
de satisfacciones y con seguridad no son ellas quienes están leyendo este
artículo. Estos párrafos están pensados en quienes sienten algún grado de dolor
porque un amor no resultó y están perseverando en intentos inútiles. A veces,
bajar los brazos es necesario para calmarse, vivir la pena dolorosa con la
intensidad que cada una/o tenga, mirar con perspectiva, descansar y volver a
intentar siguiendo otra trayectoria en donde sea probable, no seguro, encontrar
un amor correspondido y bueno para una/o.
No se quiere menos por dejar de batallar, pero la renuncia abre nuevas posibilidades.
¿Y
si no resulta de nuevo?
¿Y
si resulta?
George Michael, I can´t make you love me
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