Hay
conceptos que una rara vez cuestiona porque, aunque hayamos leído a Maturana,
Wittgenstein, Bateson, Keeney y un montón de eruditos en la percepción de la
realidad y sus consecuencias filosóficas, no nos preguntamos si nuestras
creencias o las del lugar en donde nacimos son cuestionables o no.
Las
tareas de la familia en tanto eje socializador por excelencia, ese espacio de
relaciones donde aprendemos a querer, a tolerar las frustraciones, los valores
y motivadores, modales y un interminable listado de habilidades necesarias para
adaptarnos y ojalá sobresalir para los más exigentes, han sido estudiadas como
objeto cultural y social desde que existen las ciencias sociales.
Antes
de las ciencias sociales, las leyes y otras disciplinas, estaba la religión
para decirnos cuál era el comportamiento correcto en distintas circunstancias.
Desde nuestro púlpito interno, y a veces no tanto, pensamos que nuestra forma
de definir a la familia y los roles dentro de ella es el bueno, el más sano y conveniente
para la sociedad y el mundo moderno en que vivimos. Cuando nos comparamos, casi
siempre lo hacemos para salir bien parados porque, ciertamente, hacemos nuestro
mejor esfuerzo como padres, como hijos, hermanos, esposos y en casi cualquier parentesco.
Eso
si nuestra experiencia de familia ha transcurrido dentro de los rangos
aceptados por la cultura y sociedad y no ha habido circunstancias en que nos
han hecho cuestionar si los roles y las
conductas complementarias a ellos de los demás integrantes del sistema han
pasado a llevar el cuidado de cada uno de los integrantes, no solo por algún
evento crítico o traumático sino como un modo de funcionamiento habitual que
requiere el sacrificio de uno o más integrantes de la familia para beneficio o
sobrevivencia hasta del propio sistema familiar.
Pensemos
un poco en la divinización de la madre, el comercio sabe cuánto renta apelar al
concepto y mito de la madre (leer con gesto de namasté y ojos casi en blanco
mirando hacia arriba), como una persona capaz de todo sacrificio, que se
convierte en buenita desde que se embaraza, dependiendo de las circunstancias
claro está, una mujer que deja de ser tal en el preciso instante que ve la cara
de sus hijos y ha justificado así su propia existencia. Alguien que debe ser
querida, venerada, respetada y reconocida en tanto es una reproductora sacrificada
y devota de sus hijos.
Pensemos
en el padre, el cuarto mandamiento de la religión católica, lo googleé por si
acaso, dice <honrarás a tus padres>: serás agradecido por sus sacrificios
y con tu conducta demostrarás que eres una buena persona gracias a sus
enseñanzas. El padre es aquél que impone
autoridad, brinda protección a sus hijos, es refugio moral y material de su
esposa y sus hijos. Con matices mayores y menores, casi todas las culturas que conozco
mantienen en una mirada general, la misma estructura.
Así,
casi todos crecemos en la firme idea de que los padres son buenos, cariñosos,
cuidadosos y que son las personas que más nos quieren en el universo. Se
considera una tarea del desarrollo reconciliarnos con los aspectos más
frustrantes de nuestras experiencias infantiles y adolescentes con nuestra
madre y padre o sus reemplazantes o cuidadores en general. A veces los
idealizamos hasta siempre sin lograr alcanzarlos en la perfección que
imaginamos poseen. Nos sentimos eternamente inferiores o no merecedores de las
cosas buenas de la vida. Otras veces nos
decepcionamos sin perdonarles sus comportamientos de adultos desorientados tal
como quizás lo estemos nosotros en esa misma etapa. A veces los enjuiciamos en
sus roles de pareja y no de padres, porque como sea, nos marcaron una pauta a
seguir, por imitación o por la necesidad de hacer lo contrario, que es otra
forma de seguir siendo determinado por otro. El hijo de tigre es mujeriego si su
papá lo fue o la hija complaciente y buena hasta la tontera que tolera la
infidelidad tal como la soportó su madre, son historias que nos pueden resultar
familiares, aunque nos suene casi a una caricatura.
¿Cuán
fácil se nos sale el/la juez/a moralista que llevamos casi en el ADN para calificar
a otro de mal padre, mala madre, mal/a hijo/a? No tenemos idea de la historia
que impide a un/a hijo/a tener una buena relación con sus progenitores o uno de
ellos y nuestro mejor argumento es decir: <Es tu Padre> o <Es tu Madre,
con un tono monacal ojalá, como seguro habló Moisés al entregar las tablas de
la ley a su pueblo. <Es la sangre de tu sangre, es tu obligación entender,
perdonar, reconciliarte >.
Para
establecer una buena relación se requiere de al menos dos y en ocasiones la
sola voluntad de perdonar, de resolver una historia traumática, del cariño
inclusive, si solo provienen de uno solo de los involucrados, no alcanza para construir
un vínculo que ha sido dañado profundamente.
En
situaciones en donde existe un delito: violencia de género, abuso sexual, maltrato
infantil en cualquiera de sus formas, es fácil llegar a consenso y es aceptable
que los hijos sean separados de quienes debían cuidarlos o al menos no hacerles
daño. Solo que no siempre hay una alternativa adecuada, lo sabemos bien por la
situación del SENAME, que a pesar de los horrores por todos conocidos y que
saltan a la prensa cuando otra/o niño/a muere y nos volvemos a escandalizar, no
pasan de eventos noticiosos, de alto rating, que no llegar a formar parte de
una agenda política que busque una solución más allá del efectismo que el
momento requiere.
Es
en situaciones no tan evidentes, no tan sangrientas o escalofriantes en donde
los hijos pierden su derecho a decidir qué tipo de relación quieren y pueden
establecer con su padre y/o madre, aun siendo adultos independientes, responsables
y capaces de vincularse sanamente con otros.
Ojalá
usted, cuando escuche que alguien no se habla con su padre o madre, no suponga
de inmediato que se trata de un/a hijo/a malagradecido/a. Por lo general hay
una historia de mucho dolor detrás de esa decisión tan fuerte y marcadora que
no siempre es bueno traer a la conversación. Quienes han decidido alejarse de
sus padres u otros familiares, son frecuentemente sospechosos de ser malas
personas, de tener algo raro, porque <la sangre tira> y no hay derecho a
romper ese vínculo.
El
amor, el respeto, la honra se ganan, no vienen dados con el título de
padre o madre.
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