Es
difícil conocer la magnitud del poder de las palabras para cada persona. Para
complicar más las cosas, no son solo las letras unas tras de otras, sino
también el contexto, entonación, volumen y la gestualidad que las acompañan. Ni
hablar de la sensibilidad de cada cual, a veces una palabra o un silencio
hieren como un rasmillón sobre una piel quemada por el sol. Se trata de un
estímulo, que en otro momento podría ser inocuo y olvidable, pero dada la
disminución del umbral del dolor, ese roce adquiere características de un golpe
de corriente que arde y duele.
Una
palabra oportuna puede sacar sonrisas por años si ha sido precedida de señales coloridas
y brisas suavecitas de optimismo y ternura. Fíjese bien ¿qué es eso de señales
coloridas y brisas suavecitas de optimismo y ternura? No es necesario
recurrir a ejemplos porque la elección de esas palabras y en ese orden con alta
probabilidad hacen pensar en recuerdos agradables. Ninguna palabra, gesto o
silencio es inocuo en momentos de crisis.
Algunas
personas tienen la habilidad de decir las cosas bien, pero ¿qué es eso? ¿cómo
sabe una/o si hizo daño o no, si habló demás, si es necesario profundizar o, al
revés, trivializar en un conflicto en ciernes por ejemplo?
En
la atención clínica una se encuentra con momentos críticos en que aparece con
toda claridad que, sin la menor intención de provocar daño, escenas que podrían
haber pasado al olvido, llegaron a ser traumáticas. Una mujer de unos 40 y tantos años,
empeñada en conocer las raíces de su inseguridad en el ámbito del trabajo, se
acordó de que una vez no quería ir al colegio porque una amiguita la molestaba
mucho, tenía 5 o 6 años. De acuerdo con lo que describió, un domingo en la noche
estaba tan desesperada por la idea de tener que ir a clases al día siguiente que
sufrió una crisis de estado emocional mixto, lloraba y reía al mismo tiempo, el
acceso fue subiendo de intensidad hasta que su madre o padre le dieron una
bofetada tan fuerte que solo podía llorar. Lo contaba casi con agradecimiento,
se sintió aliviada de poder llorar por un motivo más fácil de explicar, el
dolor de la cara y el miedo a sus padres, que por algo que no podía poner en palabras
como lo era la angustia de no saber defenderse en el colegio. Una vez que
terminó de relatar esa escena, rompió de nuevo en llanto y pudo decir lo que
sintió en ese momento, ¡36 años después!
Uno
de sus padres se quedó con ella hasta que se calmó y se durmió, de ahí el
agradecimiento y alivio, pero la angustia revisitada se relacionaba con su falta
de palabras, aun a los 40 años, para confesar(se) la rabia y miedo que sentía hacia
sus padres, la soledad experimentada y la cobardía inexplicable para enfrentar a su compañera
molestosa.
No
es tan fácil dilucidar cuándo una/o habla demás o de menos, no hay ensayos, por
mucho que practique con diálogos internos, a la hora de los quiubos, se
decide sobre la marcha. Solo por las consecuencias, es decir, ex post, se
evalúa si dijo poco o mucho o dilató un poco más el asunto del que se trate.
En
mi opinión, más vale explicitar que callar y quedarse con la duda casi en
cualquier ámbito de la vida, en especial cuando se trata de meta
comunicar. Es decir, cuando lo que se requiere es una definición acerca de una
relación, resolver un conflicto, explicitar emociones, en especial las
positivas. Es difícil decir a los demás cuánto los queremos, los extrañamos y
los necesitamos, sean familiares, compañeros de trabajo, amigos o amores. Tampoco es fácil expresar el
enojo, la decepción o cualquier emoción de tono más sombrío que nos invade por
lo que otro nos dijo o hizo, pero parece que la rabia nos vuelve más locuaces que
el cariño.
No
sé por qué pareciera ser más fácil comportarnos como si no fuésemos humanos y
solo nos relacionásemos desde un ámbito despojado de sensibilidad, cuando nuestra
naturaleza es tan poco racional. Como si temiéramos que expresar emociones y
afectos en general nos volviera menos inteligentes, nos disminuyera nuestra
valía personal o nos mancillara de alguna extraña manera.
Por
supuesto, que una/o diga lo que siente no significa en modo alguno reciprocidad en cualquier relación,
pero no podrá saber si esa cualidad del vínculo existe, o es solo una fantasía, si no
explicita sus propias emociones. Es una especie de salto al vacío que puede
resultar espectacular como un sobrevuelo por un paisaje del sur o por el
contrario, en un porrazo del que se acordará por mucho tiempo por las magulladuras
contra matorrales y piedrecillas.
Jugar
a adivinar lo que otros piensan y sienten puede ser muy agotador y entrenarse
en preguntar puede traer respuestas desilusionantes, pero también pueden ser
todo lo contrario, una posibilidad de vivir grandes momentos que hacen que la
vida sea eso : VIDA.
Tracy Chapman, Baby can I hold you
https://www.youtube.com/watch?v=QvYSckKSL5g&ab_channel=ShoutFactoryVEVO
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