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Cincuentonas

 




Hace tiempo he estado pensando que los cincuentones hemos pasado por cambios culturales y tecnológicos vertiginosos durante nuestra existencia, potenciados o amortiguados por la familia y sus vicisitudes. Eso sale en cualquier texto de historia reciente y suena a un cliché a estas alturas. Lo que me ha llamado la atención este último período en que me he dedicado a la atención clínica es cómo ha influido este fenómeno en las mujeres de esta edad, entre las que me cuento, claro está.

Crecimos con un modelo de crianza tipo La Hechizada, una mujer linda, delgada, llena de trucos que debía mantener en secreto para que su esposo no se asustara y la siguiera queriendo. La suegra descreída, libre, materialista y metiche y la tía Clara, torpe, distraída, pero buena, son casi arquetipos para nuestra generación. También lo son la protagonista de Mi bella genio, siempre enamorada de su amo, a medio vestir y ocurrente.

Crecimos escuchando los himnos al machismo de Sergio y Estíbaliz, esa de la pelota del chaval; Mocedades: Secretaria, Tómame o déjame y por supuesto la hermosa Eres tú.

Las teleseries a la hora de once o a la vuelta del colegio, antes de las brasileñas, eran La Zulianita, Esmeralda, Lucía Sombra, Simplemente María, Muchacha italiana viene a casarse y muchas más en donde la heroína, además de sufrida, víctima, era linda y tonta a la vela. Las malas también son lindas, la pasan bien, pero luego son castigadas en forma ejemplarizadora.

Los cómics para adolescentes eran Susy, Archie y otras en donde al menos dos chicas compiten eternamente por un chico. Estoy generalizando por supuesto. Las lecturas obligatorias del colegio tenían casi siempre como protagonista interesante a un hombre y si se trataba de mujeres, se sabía que eran muy sacrificadas, sufridas o sociópatas castigadas por salirse de la norma, me acuerdo en especial de Marianela de Benito Pérez Galdós. Libro terrible para las inseguridades adolescentes de las niñas, más aún sin un cuidado análisis o discusión excepto las clásicas pruebas de lectura: protagonistas, motivaciones, nudo y, si acaso, alguna conclusión personal. Ni hablar de La tía Tula de Unamuno.

Puede ser por eso que me impactó tanto El Árbol de María Luisa Bombal, me correspondió hacer un guion teatral y transformé el símbolo del árbol en un cuarto propio, un derecho básico para las mujeres según Virginia Woolf.

Nos tocó ver por TV el viaje a la luna, me acuerdo de eso porque me lo pasaba dibujando astronautas y estaba segura de que, cuando grande, sería una también, cómo iba a saber del vértigo y de mi auto convencimiento de ser nula para los cálculos en tercero medio y ni hablar de lo que significa ser latina según la percepción de los gringos y de la nuestra también.

Algunos formateos del género de nuestra infancia fueron: la mujer es la responsable de la felicidad y permanencia de la familia, debe cocinar rico, mantener la casa ordenada, ser fiel a su marido, tratar con cariño a los hijos y preocuparse de la presentación personal de todos. Aun se escucha a mujeres viejas decir que si un hombre, sano y autovalente anda con una mancha es culpa de su mujer que no se preocupa.

Al mismo tiempo, empezamos a ver en la TV a los movimientos feministas, esas mujeres gringas que enarbolaban sostenes como signo y símbolo de dominación – sumisión; el uso cada vez más frecuente de la píldora anticonceptiva; en la revista Paula aparecían las columnas de Isabel Allende y su forma de describir a los hombres y su propio formateo como trogloditas, las versiones alternativas de los cuentos infantiles de la revista Cabrochico en donde cuestionaban la idea del príncipe azul y el enamoramiento al primer beso de la ingenua, maldita por alguna mujer malvada sin amor y sin hijos, y el heredero rico, bello y bueno.

Vino la dictadura y con ella un retroceso para el cuestionamiento del rol de la mujer en la familia, puritanismo sexual y por supuesto, otra forma, de las varias que hay, de validar la violencia de estado, incluyendo, claro está, la tortura sexual hacia las mujeres, también hacia hombres, como una forma de degradación total cuyos testimonios conocimos, por personas cercanas o por la revista Solidaridad, Mensaje y otras.

Varias crecimos sabiendo que había cosas que no podían hablarse ni con las mejores amigas, en especial si ellas eran de derecha, por miedo genuino a que la familia sufriera algún daño. Los ochenta nos mostraban a mujeres divertidas y felices en discotecas o en las playas brasileñas, al menos yo corría del colegio para ver Dancing Days con Sonia Braga y varias más, en que se veía a las mujeres en roles de poder y en relaciones más igualitarias, me acuerdo en especial de Selva de Cemento, en donde un matrimonio se iba a la mierda cuando ella comenzó a ganar más dinero que él. Mi hermano me hizo notar que en las teleseries brasileñas casi no había familias como las que se mostraban en Chile: madre criadora y resignada de al menos dos o tres hijos y dueña de casa, padre distante y trabajador que impone orden. A lo mejor por eso nos encantaron tanto las historias del país mais grande do mondo, porque las familias eran más diversas y contaban con la aceptación del contexto social. Aquí se llamaban familias mal constituidas.

Varias de nosotras escuchamos sentidos discursos en pro de la independencia económica que había que mantener respecto de los hombres, en especial del marido: desde la clásica frase: tienes que trabajar para que no dependas de nadie para comprarte un calzón, cosméticos y otros suntuarios; hasta el execrable concepto del matrimonio con un buen partido y asegurarse un buen nivel de vida como una forma de prostitución, si era eso lo que primaba por sobre el amor. La obligación de mantener el hogar y comprar lo importante era responsabilidad del hombre, aunque una viera alrededor muchas mujeres siendo jefas de hogar o haciendo gran parte del esfuerzo.

La mujer engañada debía perdonar porque los hombres son así y la infidelidad es parte del matrimonio, así lo hizo el abuelo, así el padre, así el hermano, los tíos, primos, el popular del colegio, los profes, todos. Si ser mujeriego era parte de la tradición familiar, esa condición se respetaba por todas las generaciones. Si la mujer dolida recurría a pedir ayuda a la madre o al padre, la reacción era: a todas les pasa, tú tranquila, eres la esposa.

Tantas contradicciones en los códigos y mandatos culturales hacen que las mujeres cincuentonas no nos reconozcamos entre nosotras como una tribu, hay cosas que no hablamos entre nos, por temor a ser juzgadas o etiquetadas o porque nos cansamos de discutir o por lo que sea. Muchas tenemos hijas y resulta que nos confrontan con cada desigualdad que toleramos, a veces las tildamos de exageradas, inmaduras, talibanas del feminismo y otras nos quedamos pensando y les encontramos razón y avanzamos un pelito más. O vemos a algunas mujeres, regalonas del marido y los hijos, que, a nuestro juicio, tienen una vida de mantenida soñada y pensamos que equivocamos el camino al exigirnos más allá de lo necesario.

Hemos tenido que aprender a manejarnos con la tecnología, desde la máquina de escribir Olivetti para los trabajos de la universidad, hasta las herramientas del Zoom y las aplicaciones telefónicas; desde las presentaciones con transparencias y diapositivas, hasta las ppt con efectos o el mareador prezi y mucho más.

Mi mundo está rodeado de mujeres y mis pacientes también lo son en su mayoría, así es que tengo un claro sesgo. Eso debí ponerlo al principio.

Algunas mujeres llegaron al extremo en la independencia y les es difícil pedir y aceptar ayuda, son secas para cuidar a algunas personas y no soportan que las cuiden[i] , otras decidieron desenvolver su vida en pos de otros, pero por lo que he visto entre ambos extremos hay un número infinito de posibilidades si se atreven a redefinir las reglas de su vida a los cincuenta para sentirse mejor.

De acuerdo con mi sesgo, en mi opinión las mujeres hemos logrado sortear con mayor capacidad de adaptación los cambios culturales respecto al género, prejuicios raciales o de cualquier otra índole, por supuesto considerando que los rasgos autoritarios, escasa flexibilidad cognitiva y poco contacto con personas que piensen distinto, hace que muchas congéneres sigan considerando que los cambios han sido un horror, casi sin matices y permanecen en un limbo histórico.

En general me parece que, como sea, las mujeres nacidas en los tumultuosos sesentas somos libres para vivir como queremos y tanta crisis interna de esta edad se relaciona con la posibilidad de concretar esa libertad en las condiciones que cada una defina como las mejores para sí mismas. Ciertamente, esta es una afirmación desde condiciones en que una mujer puede elegir y casi puedo ver a mi padre y a mi madre, cada uno en su estilo, diciéndome que no se puede depender de otro para vivir.

Me olvidé de mencionar a la Sargento Pepper, la Sra. Peel,  Lady Penélope de los Thunderbirds,  Scarlett O´Hara, Raquel Correa, en fin, tanta heroína que contribuyó a nuestro formateo cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 



[i] https://ximenacandiapsicologia.blogspot.com/2021/09/la-mujer-maravilla.html


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