¿Las
personas cambian?, ¿el cambio perdura?
Aquí,
una podría responder como una humorista: “sí, a veces, depende”. Sería una respuesta
poco comprometida, amarillenta dicen por ahí. En mi experiencia, he visto que el
cambio requiere de varios ingredientes:
Dolor:
Por lo general las personas sienten que ya no es adaptativo comportarse como
siempre porque el costo físico y mental no es soportable, sufren ellas mismas o
hacen sufrir a los demás y, a no ser que se trate de alguien con una
personalidad psicopática del tipo desalmada, algunas se motivan al cambio no
solo por alcanzar un grado mayor de calidad de vida si no también por la de sus
cercanos o para, al menos, no provocarles daño. El dolor se manifiesta de
diferentes formas y según ellas se configura un conjunto de síntomas a los que
se les pone un nombre: depresión, angustia, TOC y muchos otros. Es bastante
evidente que el sufrimiento no es solo mental, si no también físico, porque,
aunque suene prosaico, somos biología pensante.
Restricción
de las opciones de vida: Algunos patrones de conducta se
vuelven repetitivos y conducen una y otra vez a la sensación de estar atrapado/a
en un estilo de vida que ya no resulta satisfactorio y las personas no logran
visualizar una salida haciendo lo mismo de siempre.
Situaciones
límites: Traumas, tragedias o golpes de inusitada buena
fortuna operan como un motor de cambio si estas circunstancias han sacado a
relucir mecanismos poco eficientes para la adaptación.
El
cambio de conducta puede ser juzgado como positivo o negativo desde la persona
que lo vivencia y quienes le rodean los que pueden verse beneficiados o
perjudicados de acuerdo con su posición y relación con quien experimenta ese
proceso. Podría enumerar muchas otras circunstancias que demuestran en la vida
diaria que las personas sí cambian.
El
cambio en el contexto terapéutico es un proceso complejo de describir en tanto,
por fortuna creo, no hay una técnica o receta infalible y para mayor
abundancia, depende en alto grado del establecimiento de un vínculo con un/a
terapeuta, esto es: confianza, credibilidad, constancia y un espacio indefinido
para aquellos que se denomina feeling, calce o lo que sea que produce
que dos personas recorran un camino en el que una asume que la otra puede ayudarla
a llegar donde quiere ir.
Lo
más paradójico del proceso de cambio, cuando va en la dirección correcta, es
que en algunas personas se produce una especie de boicot interno: una especie
de vértigo o miedo a ser más libre. Como si no tuvieran derecho a estar mejor o
por último a sufrir menos. Recuerde que la definición de salud mental se relaciona
con la actualización de las potencialidades de una persona en distintas áreas
de la vida, no solo consiste en tener la respuesta adecuada frente al estrés si
no al desarrollo de sus talentos, afectos, participación social, pertenencia, satisfacción
laboral y/o en cualquier ámbito en el que se desenvuelve. Parece raro entonces
que algunas personas tengan miedo de crecer, de ser quienes son y elijan
sacrificar su bienestar utilizando como argumento un sinnúmero de excusas que
revelan contenidos profundamente arraigados: la culpa, el sentido del deber
definido para su género, las expectativas familiares y del contexto.
Más
raro aún es el fenómeno que ocurre cuando una persona comienza a cambiar en la
dirección que quiere y quienes la rodean, su familia, amigos o equipo de
trabajo, se resisten a aceptar esos cambios, inclusive cuando casi empujaron a
esa persona a consultar con un/a terapeuta.
Los
cambios son resistidos porque implican un nuevo aprendizaje para quien lo
experimenta y para los que rodean a esa persona. Al principio se parece a
aprender a conducir: demasiada conciencia y auto observación impiden mirar el
camino y hacen perder la coordinación, el motor se detiene, quien aprende suda,
quien le enseña también, a veces se equivocan. Los demás, están atentos y
esperando las primeras fallas, la tentación de rendirse es alta y varios
desertan en este punto. Piense en sus amigos/as que, teniendo licencia de
conducir, no se atreven a hacerlo. Es algo parecido, una/o mismo/a sabe lidiar
con determinado hábito, aunque haga sufrir, mucho o poco; ha encontrado formas,
a veces verdaderos rituales, para incorporarlos a la propia vida e invierte
tiempo y energía en mantenerlos; desaprenderlos y aprender otros, más sanos y
que permiten más opciones, tiene un costo personal y social no tan visible en
las primeras etapas del proceso terapéutico. Redefinir las relaciones afectivas
con los demás no tiene nada de fácil, por ejemplo, si usted se cansó de las
relaciones utilitarias y espera reciprocidad, esa sola sentencia implicará
grandes cambios en su vida social, familiar y de pareja, aunque nadie está en desacuerdo
con el concepto de mutualismo, llevarlo a la práctica puede resultar en una
crisis menor o mayor según su historia y el sistema de relaciones al que usted pertenece.
Si
está en un proceso terapéutico, recuerde que esta es una de las dificultades
que va a enfrentar y que es necesario que lo converse en las sesiones.
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