Típico, llegada cierta edad, una se pone a hacer balances y revisa
la vida en diferentes ámbitos. Empecé a pensar en qué fue lo que me llevó a
estudiar psicología, como en todas las cosas importantes que se deciden en la
vida, no hay una sola razón. Recuerdo que me gustaba leer novelas, biografías y
filosofía. En tercero medio llegó una profesora en reemplazo del profesor de
filosofía. En mi curso de la época le decíamos “la Naranjito”, símbolo del
mundial de fútbol España 82. Ya sé ¡el carnet, el carnet!
Entonces se me puso en la cabeza que era lo único que podría estudiar
porque nada más me gustaba. Con la omnipotencia que otorga la adolescencia,
pensé que podría hacer un buen trabajo con niños y jóvenes institucionalizados.
Había sido compañera de algunos entre tercero y sexto básico y nunca me gustó
como los trataban los profesores de la época.
Como muchas veces en la vida, los sueños se cumplen y mi primer
trabajo como psicóloga fue con adolescentes en conflicto con la justicia, un
sistema en el que las familias y los
chiquillos que están iniciándose en la carrera delictual tienen la posibilidad
de asistir a sesiones de apoyo con asistentes sociales y/o psicólogos para
tratar de que volvieran al colegio, trabajaran o por lo menos dejaran de tener
problemas con la justicia. Ese trabajo era difícil y frustrante. Fue la primera
constatación de que las oportunidades de mejoría iban de lado de las
posibilidades de organización de la familia, el grado de inmersión en la cultura
delictual, el apego a valores tradicionales como la educación, trabajo, disciplina
y las probabilidades de tener alguna experiencia exitosa en algún ámbito de la
vida. Este no pretende ser un documento técnico así es que no los aturdiré con
datos, citas bibliográficas, es solo una crónica.
Con todo, ese trabajo significó para mí una fuente enorme de
aprendizaje desde todo punto de vista. Aún me acuerdo de los errores que
cometí, más que de los aciertos. Tengo mis descargos como la falta de
experiencia y esas cosas, pero me pesa no haberme entrenado más. Por ese motivo
me especialicé en Terapia Familiar con enfoque familiar cibernético de segundo
grado. Suena robótico y complicado, pero ahora, esos conceptos son muy conocidos gracias al máster de los máster, Humberto Maturana, Francisco Varela y
tantos otros.
Después trabajé en un CESFAM, en el tiempo en que se llamaban
consultorios y había programas: del niño, de la mujer, del adulto, entre otros.
Entré a trabajar en la Unidad de Adolescencia del Centro de Salud Alejandro del
Río. Iba por un año y me quedé por 18 años en el mismo lugar ¡dieciocho años! Trece
años los trabajé exclusivamente con adolescentes realizando actividad clínica, psicoeducación
para los chiquillos y sus familias; capacitación de profesionales y, como era joven,
ganaba poca plata y tenía energía de sobra, también hacía docencia en cursos de
psicología organizacional para ingenieros de recursos humanos en horario vespertino.
Ahora que lo pienso ¡pucha que hacía cosas!.
Por
diversas razones, pasé luego a formar parte de un equipo de asesores técnicos y
más rápido de lo pensado llegué a cargos de gestión que se hicieron
incompatibles con la atención clínica.
Las
vueltas de la vida, por decisiones mías y otras por los elementos azarosos presentes
en todas las historias, me llevaron de regreso a la actividad clínica que
realizo hoy.
Al
fin llegué al punto.
Ahora
atiendo a personas, adultos y adolescentes, que deciden asistir a un proceso de
psicoterapia que a veces es difícil y doloroso (por ahí he dicho que para ir a
terapia hay que ser valiente y humilde y lo compruebo cada día). Trabajo con
personas que tienen amplio acceso a servicios de salud mental y otros que hacen
un enorme esfuerzo económico, también con algunos que tienen convenio con el
centro CreSer en el que trabajo los días lunes en especial.
Es
así como puedo ver diferentes tipos de adolescentes y vuelvo a comprobar las
brechas enormes que los separan en sus posibilidades en la vida de acuerdo al
lugar donde nacieron y los adultos a cargo, cuando los hay.
Es
gratificante, por supuesto, trabajar con adolescentes inteligentes, motivados,
que cuentan con apoyo familiar y que confían en que sus planes tienen altas
probabilidades de ejecutarse. Son entretenidos, desafiantes, cuentan con amplio
vocabulario para describir lo que les pasa y las soluciones están más cerca de
lo que ellos perciben.
Por
otro lado es doloroso y preocupante ver cómo los niños y adolescentes que viven
en la pobreza, están cada día más lejos de cumplir sus metas si es que las tienen,
esas historias llenas de abandonos, pérdidas, peligros y falta de la
estimulación cognitiva más esencial se han ido acentuando con la pandemia y el
cierre de sus escuelas y liceos.
El
aislamiento y encierro, ha causado estragos en todos, pero ciertamente algunos
podrán recuperarse o adaptarse a esta nueva forma de funcionamiento del mundo con
mayor facilidad que esos niños que no se acuerdan en qué curso van, que con
suerte saben leer aunque no entiendan ni retengan una historia breve. Es decir,
más que leer, saben cómo suenan las combinaciones de las letras, no lo que
significan.
El
cierre de los colegios en algunos sectores dejará una marca generacional muy difícil
de revertir. Es muy complejo trabajar con esos niños y adolescentes y vuelvo a
sentir el peso de la circunstancia en las historias de cada uno. Sigo haciendo
mi mayor esfuerzo, pero una videollamada en un ambiente familiar lleno de ruido,
donde todo atenta contra la privacidad y el establecimiento del vínculo
terapéutico, hacen muy difícil lograr avances.
Cada
vez me convenzo más de lo que solía ser mi frase típica, repetida hasta el
cansancio en tantas ocasiones: en la Atención Primaria de Salud y en los
organismos que trabajan con niños y adolescentes, (sí, ya sé que se dice NNA), deben estar los mejores profesionales, los
renacentistas, esos que saben mucho de todo y ejecutan bien su trabajo. Sé que
los hay y que se caracterizan por su energía, ganas de aprender y actualizarse constantemente,
por la pasión que sienten por su quehacer y el contagio que producen en sus
equipos. La creatividad y recursos que se necesitarán para recuperar el desastre
producido por este período de pandemia, en el desarrollo global de niños y
jóvenes, requiere de profesionales y equipos que se preparen y diseñen
estrategias desde ya.
Creo que después de tan largo recorrido, contribuyo desde donde puedo y debo.
Mantengo
mi pasión.

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